Yo soy un hombre normal,
como cualquier otro,
como la mayoría.
Un hombre normal,
que no se afeita cada mañana
y que tarda más de una hora en salir de la cama.
Soy un hombre normal,
que no sabe cuánta ropa tiene
ni dónde la guarda.
Un hombre normal,
que llora viendo fotografías
y películas que ya ha visto
más de cien veces.
Soy un hombre corriente,
al que no le gusta el fútbol
ni las carreras.
Otro hombre cualquiera,
que a veces, solo a veces,
escribe poesía,
y de vez en cuando,
se desvela leyendo novelas.
Un hombre que no sabe conservar
a nadie a quien decir
´buenos días´ cada mañana.
Ya te digo, un hombre corriente,
que tiene sus días
y sus días;
que sabe ser amable,
tomarse una caña
y unos chicharrones;
un hombre que no soporta la vida
sin belleza,
pero que es capaz de vivir
dos años
sin colgar un cuadro.
Yo soy un hombre normal,
al que la vida,
con su torrente irrefrenable,
le ha pasado por alto.
Que la vida se compone
de vacíos y de silencios
es algo que se tarda en comprender.
Llenamos el espacio, lo ocupamos,
con edificios
insolentes,
con una infinidad de sonidos,
de ruidos y palabras.
Llenamos espacio y tiempo
con tareas inútiles,
ocupaciones y preocupaciones
que no llevan a nada.
Pero la vida está en los espacios,
en las plazas, en el aire vacío
en el que bailan bandadas de estorninos.
En el silencio silbante
del viento en las esquinas;
en el espacio que dejan
las hojas caídas del álamo.
En el silencio tras la última nota
de una sarabanda de Bach,
En el espacio sugerido
de las instalaciones de Pevsner,
En tu forma de de callar
cuando, tras besarme,
poco a poco,
sin dejar de mirarme,
te alejas,
y no dices nada.
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II
"Bricolaje"
Llevo dos días sin salir de casa,
sin hablar con nadie,
viviendo en silencio.
Paso el tiempo observando
todo lo que tengo por hacer,
todas esas pequeñas tareas,
bricolaje,
que se me acumulan
y que temo afrontar.
Un espejo, una lámpara,
ese enchufe.
Y yo en el sofá, inerte.
Salgo a la calle, voy a la tienda,
a buscar ese martillo
que me hace falta,
y aquí estoy,
tomando un café
y escribiendo sobre vacíos
y tiempos muertos.
Sin el martillo.
Procrastinando.
Llevaba un año sin escribir,
dos años sin poesía.
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III
"Granado"
Paso el tiempo mirando las pobres plantas
que tengo en el salón.
Han tenido mala suerte,
soy también un torpe jardinero.
Me sorprenden las que sobreviven,
algunas fuertes y vivaces,
y me apenan (no mucho, la verdad)
las que se van rindiendo.
Hay un pequeño granado
que lucha
y parece sobrevivir.
Pasó una mala temporada al llegar,
perdió hojas y frutos.
Pero un tiempo después le veo
pequeñas hojitas verdes
nuevas ramitas tiernas,
y una nueva alegría.
No soy Machado -ni lo pretendo-
pero a mi granado,
seco y marchito,
algunas hojas verdes le han salido.
Veremos si llegan al verano.
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IV
"Tiempo"
Cuando algo comienza,
indefectiblemente,
ya ha terminado.
Cuando se presenta una disyuntiva,
desde el primer momento,
ya hay una decisión tomada.
Cuando hay un riesgo,
y decides tomarlo,
ya hay un daño hecho.
El tiempo es solo un espacio muerto
que nos inventamos
para no afrontar
las consecuencias
y los daños.
2018, Granada,
invierno, media tarde, aún con luz natural.
Interior de una
cafetería en la Bib-Rambla.
Él: “No creo que esto
pueda seguir así, la verdad.”
Él lleva una americana
de tweed -de espiguilla, que diría su madre- y una camisa gris
arrugada y no levanta la mirada de la taza al decir esto, mientras
remueve el chocolate caliente con especial cuidado de no golpear los
laterales de la taza con la cucharilla.
Fuera, en la plaza, los
árboles desnudos se recortan oscuros sobre un ambiente de luz fría
y clara de invierno. La plaza no está especialmente transitada y los
pajarillos y las palomas revolotean tranquilamente, saltando de los
brazos de los faroles a los bancos sin tener que reparar en los
cuerpos de las manadas humanas que habitualmente transitan la plaza.
Ella: “Ya estamos, otra
vez. Pero si sabes que luego vuelves encantado.”
Ella lleva un gorro de
lana de varios colores, todos ellos cálidos (rojos, naranjas y
amarillos variados), calado casi hasta las cejas. El cuerpo lo lleva
envuelto en una rebeca también de lana, ahora simplemente gris, que
parece varias tallas más grande de lo adecuado. Ella le suele
repetir que es la moda, que ahora se lleva así, él le replica que
le recuerda a las protagonistas de las películas de Woody Allen de
los primeros años ochenta, una Diane Keaton o Mia Farrow en
pequeñito y sonriente. Ella no había visto las esas películas
hasta que el día que él se puso farruco y le obligó a verlas; no
le gustaron, pero le encantó ver como él disfrutaba y se emocionaba
mientras le explicaba cada referencia y cada detalle.
Él: “No, en serio,
esta vez te lo digo en serio. No creo que debamos seguir con esto. No
es que no me lo pase bien, ya lo sabes. En realidad, me encanta, no
te voy a mentir. No te rías, que te hablo en serio, que nunca me
tomas en serio, pero mira, esta vez no va a quedar otra.”
Él mira por la
cristalera de la cafetería mientras le dice esto, y mientras tanto,
ella alarga su brazo para cogerle la mano, haciéndole soltar la
cucharilla de golpe, provocando ese ruidito que siempre le hace
torcer la boca. Él se deja acariciar la palma de la mano, y ella
acoge su mano entre las suyas y, suave, despacio, sin prisas, la
acaricia dorso y envés, deteniéndose las zonas tiernas y blandas
de los dedos. Él mira por la ventana, y no puede dejar de recordarse
a sí mismo en esa misma cafetería, misma silla y misma mesa, misma
decoración cristalera, mismo chocolate y bollo suizo, misma
conversación pero distinta compañía, dieciocho años atrás en el
tiempo.
Ella: “¿Te acuerdas
del día que nos conocimos? Yo sí. Sigues igual de patoso y de
tímido.”
Él: “Claro que me
acuerdo. Primer día de curso, primera vez que me toca, por fin, dar
el curso de Historia del Arte en bachillerato. Me confundí de aula.
Yo queriendo dar impresión de tipo serio, y me confundo de aula; me
tiré quince minutos hablando de la importancia de la inutilidad del
arte a un grupo de tecnología que no entendía nada. Para
olvidarlo.”
Ella: “Y cuando
entraste en nuestra clase estabas completamente colorado. No
levantaste la vista de los zapatos ni para mirarnos a la cara cuando
pasaste lista.”
Él: “Pasé lista al
final de la hora, después del timbre. Se me había olvidado.”
Ella, sonriendo y
ladeando la cabeza: “Estabas adorable. Los demás se reían de ti,
pero a mí me encantaste desde el primer día. Estabas tan adorable
como la primera noche que te quedaste aquí, en mi piso de Granada.”
Él: “Estaba igual de
abrumado. Me sentía igual de torpe.”
Ella arrimó la silla a
saltitos, haciendo ruiditos, hasta que estuvo lo suficientemente
cerca como para pasarle el brazo por detrás de la cabeza y comenzar
a darle pequeños y lentos besos entre el cuello y la mejilla. Él
volvió a sentirse azorado, algo sobrepasado, pero la lana mullida y
el contacto con de los labios de ella en su piel, entre maternales,
infantiles y sensuales, le devolvieron el calor al cuerpo, y poco a
poco se fue abandonando, levantando la mirada de la taza, hasta
encontrarse con los ojos entre marrones y verdosos de ella a la
altura de los suyos, a pocos centímetros de distancia, desenfocados
y redondeados.
2013. Jerez de la
Frontera. Mañana luminosa del final del verano o inicio de otoño.
Exterior, Calle Larga junto a la Glorieta de los Casinos.
Ella: “¡Profe! ¡Eh,
Profe! ¡Hola!”
Él se giró
sobresaltado, buscando entre la multitud que no paraba de entrar y
salir de las tiendas, cargando con bolsas de varios colores,
abarrotando la calle hasta donde abarcaba la vista. Tras un momento,
por fin localizó la voz que le llamaba. En la parada de autobús,
frente al banco, un figura menuda, todo ojos y sonrisa, levantaba el
brazo intentando captar su atención. Esquivando familias, él se
dirigió hacia allá devolviendo el saludo con la mano.
Él: “¡Irene, que
alegría! ¿qué te cuentas? que no sé nada de ti desde del año
pasado. ¿Qué tal todo por Granada?”
Se saludaron con dos
besos afectuosos, pero manteniendo cierta distancia. Él le cogió
los hombros con las manos, pero se guardó de abrazarla o mostrar
mayor cercanía.
Ella: “Genial, profe,
genial. Fui a los sitios que me dijiste, y bueno, a ver, interesantes
y eso sí, pero un poco aburridos. Pero tenías razón en todo lo
demás, Granada es para flipar, hay mil cosas que hacer cada finde.
Te tengo que contar los conciertos y las exposiciones. ¡Ah! Me
apunté a clases de fotografía, te tengo que enseñar todo, y no,
ya, eh, no, no es rollo instagram, no te vuelvas a poner tan pesado,
que no veas la paliza que dabas.”
Él seguía enfrente de
ella, sonriéndole mientras ella le iba contando, gesticulando y
dando saltitos.
Ella: “Y tu, ¿qué
tal? ¿sigues en el insti? ¿sigues dando el arte? Lo tienes que dar
tu, que como lo vuelva a dar el canoso, no veas que pena.”
Él: “Anda, que Jesús
es mucho mejor que yo, de largo. Qué va, cambié este año de
instituto, sigo aquí en Jerez, pero mira, estoy bien. Yo creo que ya
me quedo aquí y dejo de dar vueltas.”
Ella: “¿Mejor que tu?
Ni de coña, ya tendrá el doctorado y todo eso, pero es un rollazo,
tu lo hacías mucho mejor, nos enterábamos de todo.”
Él: “Bueno, de todo,
de todo, no sé yo, que me cargaba a media clase cada evaluación.”
Ella: “Ya tío, pero es
que los demás pasaban de todo. Todos le pedían los apuntes a Laura
el día antes y se pegaban la paliza la noche antes a ver que
pasaba.”
Él: “Y las chuletas,
que me enteraba de todo, eh.”
Ella: “Ya, pero desde
que pillaste al Fran, se cortaban más.”
Él: “Total, para lo
que les servían las chuletas. Pero deja eso, cuéntame, ¿qué tal
la universidad? ¿Qué tal esa literatura? Tienes que contarme, que
no me has mandado ningún email.”
Ella, dubitativa: “Pues
sí te tengo que contar, profe. No sé si te vas a enfadar o te vas a
alegrar, la verdad. He dejado la Filología, no podía con la
semántica, la gramática y todo eso, y el latín, uf.”
Él, asombrado (o
fingiéndolo): “¿No? ¿de verdad? Mira qué sorpresa, de verdad,
qué sorpresa. Cómo si nadie te hubiera advertido antes.”
Ella, con aspavientos:
“Jo, sí, profe, tenías razón.”
Él, sonriendo: “Venga,
dime, ¿qué vas a hacer ahora? ¿en qué te has matriculado?”
Ella, mirando el móvil,
mirando alrededor, mordiéndose el labio: “Hum, ¿tienes tiempo? Te
invito a un café.” Le coge el brazo tirando de él. “Vamos a la
Moderna, que está aquí al lado. Me he matriculado en Historia del
Arte, profe. ¿Qué te parece?”
Él, con la sorpresa
(ahora sincera) en la cara, se deja arrastrar.
2016. Salobreña,
amanecer de una primavera casi veraniega.
Interior de un
dormitorio con un ventanal con vistas al mar.
La
luz suave del amanecer entra por el ventanal, dejando sombras largas
y casi horizontales en la habitación. Él, desnudo, sale del aseo y
se para observando el cuerpo de ella sobre la cama. Desnuda, pequeña,
redondeada y suave, abraza la almohada y duerme, con una respiración
tranquila y casi inaudible. Un rayo de sol cae directo sobre su
espalda y su cadera, subrayando el tatuaje que parece saltar a la
vista, abalanzándose sobre quien lo mire. De repente, la respiración
se entrecorta y la pierna izquierda se mueve con una patada refleja.
Él se da la vuelta y se dirige a la pequeña cocina, empotrada en el
pasillo de entrada, y se prepara un café frío. Cuando se gira y
vuelve a encarar la habitación, el ventanal y la terraza, ella se
gira y se despereza, abre los ojos, le mira.
Ella:
“¿Qué haces? ¿llevas mucho tiempo ahí, mirándome?”
Él:
“No mucho, un rato. Me desperté y mira” -le muestra el café-
“iba a sentarme en la terraza, no hay mucho más que hacer en el
piso, ¿verdad?”
El
piso, por llamarle así, era un pequeño estudio de apenas veinte
metros cuadrados, con el baño ocupando una esquina, una pequeña
cocina empotrada en el pasillo de entrada, el espacio justo para una
cama, un pequeño sofá de dos plazas con una mesita baja, y el
ventanal y la terraza, casi más amplia que el piso. Lo encontró él
mirando ofertas de última hora para el puente de mayo, un par de
días atrás.
Ella:
“Eres capaz de salir, así, en pelotas, que te vea todo el mundo.
Anda, ven a la cama conmigo.”
Ella
estiró los brazos hacia él, como una niña pequeña abriendo los
brazos para llamar al abrazo de un adulto. Él se quedó
observándola. Lentamente bebió el café sin apartar los ojos de
ella, que seguía con los brazos estirados.
Ella:
“Anda, ven. Veeeeeeen” -pataleó- “¡veeeen, no me dejes aquí
sola!”
El
ladeó la cabeza, volvió a beber el café y, muy despacio, dejó la
taza sobre la mesa, y se acercó a la cama, “dios mío, qué estoy
haciendo”dijo, y se dejó engullir por el revoltijo de bracitos y
piernecitas desnudos que le reclamaban.
2018.
Granada, una calurosa mañana de verano.
Exterior, Paseo de
los Tristes, abarrotado de turistas con planos y cámaras de fotos,
chanclas, gorras y gafas de sol.
Él
camina esquivando turistas, tranquilo, con la mano en los bolsillos y
los ojos escondidos tras unas gafas de sol que, resulta evidente, no
están a la moda. No lleva una dirección fija y se va parando
observando la pequeña corriente de agua que discurre en paralelo al
paseo; a cada rato, se apoya en el pretil, cuando los turistas dejan
algún espacio libre, y observa los gatos, tan numerosos como
siempre, acicalarse y dormitar al sol.
Una
pareja con la piel roja por el sol, con el uniforme oficial de
turista americano (“repartirán esos gorritos en el avión, seguro”
piensa él), le presenta un plano de la oficina de turismo, intentado
señalar algo en él.
Él:
“Yes, of course.” (toma el plano, lo gira noventa grados y
comienza a orientarles) “We are just here, look, here. You just go
straight, and then, look here, turn left. You can't miss it, it's a
steep slope. Five minutes away.”
La
pareja se deshace en agradecimientos y le alaban en inglés mientras
retoman su camino. Él no tiene ánimos para explicar los dos años
de lectorado en Baltimore y les deja marchar. Continúa su camino,
hasta que decide él mismo girar a la izquierda y adentrarse en el
Albaicín, pero evitando las vías principales, llenas de turistas en
procesión hacia el mirador de San Nicolás. Mientras traza y recorre
caminos secundarios no puede dejar de pensar en las diferentes
ciudades que viven en Granada. La turística, cada vez más
dominante, con hordas de grupos que siguen paraguas rojos, escuchando
indicaciones escasamente cercanas a la realidad histórica; con sus
puestos y tiendas de “Agua fría-Water-2 euros”, sus bares de
tapas tipical espanish y paella; los pubs de chupitos gratis que
toman el relevo cada noche. La universitaria, con sus pisos cutres en
el Beiro y la Chana, sus bares de litro de cerveza a tres euros; de
carpetas y portátiles, de folios en las cafeterías. Y la clásica,
la familiar, la que vive en invierno y celebra la Toma, para huir en
Semana Santa y Verano a refugiarse en Almuñecar o la Herradura. De
señoras todas rubias con el abrigo de piel que van del brazo de su
señor, abrigo verde de rigor, camino de la Iglesia de Nuestra Señora
de Gracia cada domingo por la mañana.
Y
recuerda todas sus Granadas, la del piso de estudiantes junto a la
Plaza de la Trinidad, las cañas en la plaza del Botánico, los
conciertos en Pedro Antonio, las lecturas y exposiciones en el
Realejo. La de la sustitución aquella, al poco de comenzar la
docencia, en el instituto de dinosaurios que solo buscan la
jubilación, todos treinta años mayores que él; aquella Granada,
solitaria, cerrada, que le ayudo a aprobar la oposición ese mismo
año. Pero en cada rincón, en el portal de cada carmen, en cada
chino de cada cuesta, siempre aparecía una nueva Granada que se
sobrepone a los recuerdos anteriores. La Granada que volvió a
descubrir del brazo de Irene este último par de años, en fines de
semana salteados, invitando siempre al japonés nuevo de Pontezuelas,
evitando los bares universitarios, con los paseos fuera de las rutas
oficiales, con las horas en la Capilla Real de la Catedral, intentado
explicarle lo maravillosa que era la rejería; las excursiones a la
sierra, a las Alpujarras...
Recibió la llamada del
doctor durante la última hora de clase que, por fortuna,
correspondía con el grupo de alumnos de último curso y pudo, tras
disculparse, salir al pasillo y atender al teléfono.
"De acuerdo doctor....
sí, entiendo... le agradezco su preocupación, me hago cargo... nos
vemos en la consulta, un saludo.”
Continuó con la clase
los escasos veinte minutos que restaban hasta el final de la jornada,
tranquilo, siguiendo la explicación del desastre de Annual desde el
mismo punto que la había dejado, llegando hasta la investigación y
posterior no publicación del Informe Picasso y su relevancia de cara
al próximo golpe de Primo, justo como había planificado.
Llegó a casa y encontró
la mesa preparada y la comida lista para servirla, y tuvo el tiempo
justo para dejar su maletín en el estudio para encontrarse con Ana
saliendo de la cocina, llevando un par de cervezas a la mesa. Desde
que el turno de Ana en el trabajo cambió, ella se encargaba siempre
de preparar la comida y la mesa, así como de sacar a Yuki a pasear
antes de que él llegara del instituto. Después, él se encargaría
de recoger, poner el lavavajillas y la lavadora, recoger a Nico del
colegio y dar un paseo con el niño y la perrita, así como de
preparar la cena para los tres antes de que Ana volviera a casa sobre
las nueve de la noche. En mitad de esa rutina, habían encontrado la
forma de reservarse una hora escasa para ellos dos, justo después de
comer, y respetaban ese tiempo de forma escrupulosa.
Dejaban a la
perrita en el patio, con su agua, su pienso, su manta y su pelota;
dejaban también los platos sucios sobre la mesa, sin recoger nada,
apenas apagando la televisión, para compartir una siesta juntos.
Siempre igual, ella corría a bajar la persiana mientras él
comenzaba a desvestirse y ponía el despertador del móvil, y en un
instante se encontraban entre las sábanas en una relativa oscuridad.
Algunos días simplemente se abrazaban unos instantes y al momento
cada uno se giraba hacia su lado de la cama y dormían, otros pasaban
los cuarenta y cinco minutos escasos charlando en voz baja, con calma
sobre el día a día (hace falta llevar el coche a la revisión, el
año que viene me toca la jefatura del departamento y no me apetece
nada el papeleo, Nico ha traído un dibujo del cole precioso, él y
Yuki corriendo por una montaña), otros se buscaban con menos pausa y
más ganas para aprovechar el único tiempo disponible para disfrutar
el uno del otro.
Ultimamente, desde que Nico estaba con el
tratamiento, pasaban más tiempo juntos, abrazados, apenas sin
hablar, pero sin dormir, simplemente acompañándose. Hoy ella le
buscó, jugando y alternando cosquillas con caricias, pero un gesto
de cansancio y un giro hacia su lado de la cama puso fin al
encuentro. Durante unos minutos simuló dormir, hasta que escuchó
como la respiración de Ana se tranquilizó y adquirió ese ritmo tan
particular, con un pequeño soplido que no se podría llegar a llamar
ronquido, que indicaba sin lugar a dudas que se había dormido. Pasó
el tiempo observándola, tumbada de medio lado, despeinada y con la
boca medio abierta, y dando pequeñas patadas espasmódicas a cada
rato.
Una vez Ana salió de
casa, recogió la mesa y puso los platos y vasos en el lavavajillas,
olvidó la lavadora, y se encontró con Yuki en la entrada del piso
con la correa en la boca, mirándole y meneando el rabo. “Venga,
hoy te va a tocar un paseíto largo”.
Móstoles es un ciudad
sin personalidad, anodina, aburrida, intercambiable. El único
atractivo que le había encontrado era la cercanía al nudo de la
M-50 y la A-5, la estación de tren y el instituto donde trabajaba.
El resto era sencillamente olvidable. Antes de comprar el piso, antes
de que llegara Nico, intentó convencer a Ana para pedir traslado a
alguna otra ciudad, alguna capital de provincia, algún sitio
tranquilo como Cáceres, Ciudad Real, Jaén o Cádiz, algún sitio
con personalidad, un casco histórico, pero con todos los servicios
necesarios, y sobre todo, lejos del monstruo invivible de Madrid.
Pero ella no lo vio
claro y al final compraron el piso, un buen precio, una buena zona,
buena distribución, en un buen barrio. Pero anodino como todo el
resto de la ciudad. Bajó el parque de los Rosales con Yuki tirando
de la correa y recorriendo y olisqueando todos los rincones,
arbustos, bancos y farolas. Orinó donde siempre lo hace, junto a la
papelera, antes de llegar a la fuente que, si estaba encendida, le
asustaba con el ruido del agua. Continuó por la avenida hasta llegar
a la Universidad, para acercarse un barrio algo más viejo que el
suyo. Paseó observando los edificios, auténticas colmenas, máquinas
de vivir, almacenes de familias en seis alturas. Por esta zona, algún
gerente de urbanismo había intentado alegrar la vía pública
plantando rosales en una mediana que dejaba excesivamente estrechos
los dos carriles de circulación, y salteando las aceras con árboles
y jardineras. Pero la calle no había sido diseñada para ello, y el
resultado era un espacio algo agobiante, abigarrado. Para más inri,
a estas alturas de año las plantas y árboles ya se habían secado,
y aún faltaban un par de meses para llegar al verano.
Llegó a la
pequeña plaza junto al Centro Social del barrio, con unos bancos de
hormigón completamente cubiertos de grafitis y con las papeleras
medio destrozadas. Aquí el vecindario había cambiado, los edificios
eran más bajos, los espacios más pequeños, se veían las ropas y
sábanas colgadas en las ventanas y las fachadas eran recorridas por
manojos de cables que saltaban de edificio a edificio. También los
habitantes habían cambiado respecto a su barrio, grupos de chavales
con ropas holgadas, con capuchas o gorras, fumando y compartiendo
bebidas mientras varias músicas excesivamente repetitivas se
entremezclan al salir de los móviles; los tonos de piel se van
mezclando, y los atuendos incluyen telas con colores llamativos y
algún que otro velo; de una ventana brota una bachata
inidentificable.
Yuki le mordió los
bajos del pantalón y esto sirvió para darse cuenta de que la pobre
estaba cansada, no reconocía la zona y quería irse a casa. Miró el
reloj y se asustó al darse cuenta de que apenas le restaban quince
minutos para recoger a Nico del colegio (comedor, clases de yoga y de
inglés) y llegar a casa. “¡Vamos, que llegamos tarde!” dijo en
voz alta al pobre animal, que ladró, pareciendo entender.
Ana llegó sobre las
ocho y media y se encontró con una sorpresa, “¡hoy cenamos pizza,
mamá!” le dijo Nico nada más verla, mientras le abrazaba. En el
cruce de miradas, ella intercambió una interrogación con la
disculpa que él le ofreció (cejas y hombros elevados, media
sonrisa). A las diez, Nico ya estaba en la cama, Ana preparaba la
comida del niño para el día siguiente, mientras él salía de la
ducha ya con el pijama. “¿Qué peli ponen hoy? ¿te apetece ver
algo?”, “Ana, ven aquí, un momento”, respondió él. “¿Qué
pasa?” dijo ella mientras se acercaba. Él la abrazó, primero con
suavidad, pero fue aferrándola cada vez más fuerte, mientras le
respondía “ha llamado el doctor, ya están los análisis de Nico”,
apretó el abrazo un poco más mientras comenzó a notar los
temblores que recorrían todo el cuerpo de su mujer.
Decía Kundera, no recuerdo en qué libro (y si no lo decía, en realidad no me importa) que crear un personaje no se acababa en crear sus características, si no que de cada personaje hay que descubrir ese 'algo' que lo hace único -ese problema, ese motor, ese reto, ese trauma- que permite articular un relato a su alrededor, para, a partir de los relatos de los diferentes personajes y sus conflictos, elaborar la novela.
A base de escuchar a mi padre durante años, especialmente durante mi adolescencia (es decir, mientras él pasó de los cuarenta a los cincuenta) poco a poco fui interiorizando parte de su motor, y éste no era otro que la reacción contra su padre y aquello que su padre simbolizaba. Ingeniero brillante y joven, mi abuelo se incorporó voluntario a las líneas del ejército sublevado en el treinta y seis, y debió hacerlo bien y satisfacer a las altas esferas, pues tras el conflicto pasó a ocupar puestos como alto cargo dentro de algunos ministerios. Mi abuela, ajena a la nomenclatura y traduciendo directamente del catalán, siempre nos decía que llegó a llevar personalmente 'todo lo del aceite' y que llegó a ser invitado a cenar en El Pardo.
Ésto se tradujo en viviendas en el barrio de Salamanca en Madrid, colegio privado de élite para mi padre -no, el Pilar no, el de al lado- y hasta coche oficial. Carrera de Económicas y puestecito de alumno-colaborador (una especie de becario de la época) con catedrático apadrinando incluido. Y creo, repito que todo esto lo elaboro con la información recogida como adolescente, que a partir de ahí comenzó la reacción contra toda esa estructura. Mi padre sacó un venilla contestataria que le llevó a acercarse a grupitos universitarios un poquito disidentes (pero no mucho, ojo) y pronto comenzaron discusiones y enfrentamientos. Lo único claro es que en poco tiempo, mi padre comenzó a construir su identidad en esa reacción, y así dejó el trabajo que le había proporcionado mi abuelo y comenzó con otra labor (aquí me faltan datos) que le llevó a recorrer Galicia y Asturias, a tener habitación en varias pensiones repartidas desde Orense a Oviedo, y a acumular anécdotas que me contaba cuando íbamos andando juntos, solos, camino del club de ajedrez, o conduciendo de vuelta de un viaje de vuelta de Elvas, nunca en presencia de nadie más de la familia. Supongo que es mucho suponer que esas confidencias eran exclusivas, es decir, que mi madre no supiera de los amigos con los que bebía whisky en la pensión de Oviedo jugando al póker o al mus.
Pero siempre me ha quedado claro, no sé exactamente la razón, que allí había algo de reacción, de oposición, de orgullo incluso a la hora de rechazar las opciones que seguro que le ofrecía mi abuelo. A partir de ahí, varios años viviendo en Vigo, un Vigo de los setenta, con carreteras y viviendas de los setenta, es decir, con ratones y goteras, a un día de camino de la familia, conduciendo un ciento veintisiete gris, ya casado y comenzando a construir una familia. Y de ahí a funcionario, por oposición, y a vivir en un piso compartido con familia de mi madre -su hermana y su madre- en tres habitaciones, abriendo el sofá cama cada noche y recogiéndolo cada mañana. En las visitas a los abuelos paternos en Capitán Haya, junto al Bernabéu y al Meliá Castilla, detecté (o creí detectar) las chispas que brotaban por la fricción. En breve todo se cambió por un puesto de funcionario de provincias, en Mérida, con vivienda de protección oficial (y sueldo congelado durante años, claro) y un Seat Málaga para ir tirando.
Algo alejado de las expectativas creadas en torno al niño que iba en coche oficial al colegio, especialmente si se establecía la comparación con la otra hija del ingeniero, casada con un empresario del mundo de la publicidad, colaborador de universidades y con chalet en la carretera de la Coruña.
Pero ahí estaba el motor, en la construcción del relato de una vida, de una familia en torno a una reacción. Ahí, y en el ajedrez, en la guitarra y las canciones de Atahualpa Yupanqui, en no querer medrar más allá, en evitar aspiraciones, en llevarse mejor con los auxiliares que con los jefes, en albergar un espíritu de outsider, pero aún así, en una vida vivida dentro de los esquemas de un punto de vista burgués. Ya que pese a toda su reacción, mi padre era algo muy cercano a la definición de un burgués.
¿Y a qué viene que ahora me haya puesto a relatar todo esto sobre mi padre? pues a que volviendo a casa después de pasar el día con amigos y compañeros, he vuelto a tener ganas de fumar. Sí, mientras atravesaba la plaza del Teatro Villamarta, mientras llegaba a la Calle Larga y avanzaba por Santo Domingo hasta mi casa, he estado recordando lo que me gustaba a mí un cigarro. Chester, a ser posible, pero también aquel tabaco holandés de liar que me compraba -antes de que todo el mundo fumara tabaco de liar- en un estanco que encontré en Cáceres y que traía una amplia variedad de tabacos de importación. Y el Camel sin boquilla, ojo, copiado de alguna película americana. Por el camino pensé que nadie se enteraría si ahora, antes de entrar en el portal, entrara en el bar y sacara un paquete de Chesterfield, y ya en casa, descalzo, intentará fumar un cigarro. Digo intentara, por que después de nueve años sin fumar, dudo que me fuera posible darle más de dos caladas seguidas.
Y claro, uno piensa en fumar, fantasea con fumar, recuerda el placer de fumar, y se acuerda de qué tuvo que pasar para que dejara de fumar. Neumonía con infección del líquido pleural, con herida en la pleura y vertido del líquido infectado en el pulmón a los treinta años. Y en ese momento recuerda uno que esta misma mañana he llevado un paquetito de té verde con menta al instituto para sustituir el café descafeinado de la máquina, que no debe ser nada bueno. Desde hace casi dos años no tomo cafeína, y uno se acuerda de aquellas primeras cafeteras exprés domésticas que llegaron a España, y que obviamente conseguí como regalo de cumpleaños (o de reyes, no recuerdo) mientras aún era universitario; de los días perdidos con algún compañero de la facultad recorriendo las cafeterías de Cáceres probando los cafés (él pedía café solo sin azúcar, decía que sólo así se podía reconocer la calidad del café, yo lo pedía cortado con una mínima nube de leche) en busca del mejor café de Cáceres (ganó el Oquendo, muy ajustado con el Parador); y de nuevo se tiene uno que centrar en recordar qué pudo ocurrir para que dejara el café. Posible accidente isquémico transitorio, con pérdida de visión en el ojo izquierdo, mareos y pérdida de funcionalidad en el hemicuerpo izquierdo durante una clase con alumnos de doce años (después resultó ser producto de una migraña con aura, término aún por descifrar). Y claro, uno sigue y recuerda que el último whisky bueno se lo tomó hace casi dos o tres años (un Lagavulin de 16 años, con ese toquecillo ahumado), y termina con la pregunta clave: ¿Cómo le podría explicar mi yo de casi cuarenta años a mi yo de veintipocos todos estos cambios, todas estas cesiones? ¿Cómo decirle a aquel joven que aquello que en su momento decidió adoptar como elementos definitorios han sido dejados atrás? y el siguiente paso ¿eran de verdad aquellos elementos los que creaban mi definición como personaje?
La respuesta es fácil, ni el tabaco ni el whisky ni el café eran elementos definitorios, claro. Eran elementos decorativos, es decir, superficiales y estéticos. Comencé a fumar con catorce o quince años, y desde el primer día mi padre me dejó fumar con él, es más, me compraba el tabaco la mitad de las veces. Comencé a beber más o menos a la misma edad, y desde el primer momento mi padre me ponía medio vaso de cerveza con la comida, allí, con mi madre y la familia. Ya a partir de los dieciséis, decidió que si iba a beber por ahí con mis amigos, mejor iba a ser enseñarme a beber, a probar lo bueno de una buena bebida, bien disfrutada y elegida, y lo malo de una mala bebida, mal elegida y bebida sin cuidado. Me regalaba botellas de whisky y bourbon en mis cumpleaños y santos, en Navidad y cuando en Junio aprobaba mis asignaturas. Me enseñó también a distinguir cafés y a elegir aquellos que realmente me gustaban, a prepararlos en casa, a buscar las cafeterías y elegirlas según cómo lo servían. En realidad mi padre hizo esto con muchas otras cuestiones, como música, libros, películas, y yo durante la fase en la que uno aún admira a su padre y no todavía no quiere destronarlo, asumí todas estas cuestiones como propias. Pero insisto, no son el centro, el motor, son aunque importantes, accesorias.
Entonces ¿cuándo o cómo surge esa cuestión central que nos define como personajes? No lo sé, pero si sé algún momento en el que se pudo ir perfilando. Por ejemplo, al elegir carrera y decantarme por la Historia del Arte, un paso más allá de la Historia o el Derecho, más conservadores, que me insistía mi padre (siempre he sido consciente de que mi padre, pese a todo, estaba encantado con la elección, que hasta casi sentía una cierta envidia al verme hacer algo que él mismo querría haber hecho, pero que no se atrevió). Otro momento importante fue cuando mi padre, al recuperar la consciencia tras un accidente isquémico, un infarto cerebral importante, no me reconoció al pie de la cama en el hospital.
Sería fácil elaborar un relato sobre mi vida a partir de aquel momento en torno a la idea de 'reacción' tal y como lo he hecho sobre mi padre, pero no sería cierto. Yo no reaccioné contra mi padre, no pude, no tuve ocasión. Mi padre, tal y como era en su madurez, desapareció antes de que yo pudiera enfrentarme a él, antes de que tuviera ganas de derrocarle y obedecer al freudiano deseo de matar al padre. En su lugar tuve que cuidar (y enfrentarme) a un niño caprichoso y envidioso encerrado en el cuerpo avejentado de mi padre. Me costó años, pero conseguí darme cuenta de que ese niño también era mi padre, también me quería, y sobre todo, me necesitaba mucho más que antes. Tal vez me di cuenta demasiado tarde.
Los siguientes años tuvieron varios elementos en común, el eterno movimiento, que me ha llevado a vivir en siete comunidades autónomas diferentes; el forzarme a intentar ir un pasó más allá, aceptando trabajos y proyectos que requerían un cierto valor y arrojo; el obligarme a no conformarme cada vez que me sentía confortable en una relación. Algo más tarde, tras la muerte de mi padre, todo se ralentizó bastante, es cierto, pero la falta de velocidad no creo que implicara falta de movimiento.
Y después de mi ruptura, tras unos cuatro o cinco años en la misma ciudad (por primera vez desde la adolescencia, por última vez hasta el presente) volvió el movimiento y volvió la velocidad, tanto en lo geográfico como en lo emocional.
Entonces se podría decir que es ese 'movimiento' el elemento central que Kundera buscaría en mí.
Yo no lo creo. Hoy, mientras volvía andando a casa con ganas de fumar, mientras pensaba en qué contarle a ese yo de veintipocos para explicarle que me estoy haciendo viejo (es eso lo que pasa, lo sé) y mientras pensaba en mi padre y me comparaba con él; al final, al abrir la puerta y encontrarme con las cajas de la última mudanza (que aún no he vaciado y colocado después de casi cuatro meses) me vino una idea a la cabeza. Lo que te mueve es concebir la vida como un relato, y en los relatos, la acción es continua, si bien puede acelerarse o suspenderse brevemente, siempre avanza. Sin acción, un relato es una descripción, una foto, una naturaleza muerta. Concebir la vida propia como un relato, obliga, entonces, a llenarla de contenido; obliga a introducir nuevos personajes, nuevos conflictos; obliga a no poder decir "aquí paro, ya he llegado", si no a necesitar nuevos escenarios, nuevos capítulos, nuevos desenlaces.
Y los relatos sólo existen para ser contados. Concebir la vida como relato obliga a introducir la estética en la acción, de forma que cuando se narre, sea atractiva para alguien, al menos para uno mismo.
Y es probable que esa concepción de lo hecho y vivido como algo digno de ser narrado, es decir esa obligación de hacer que el relato propio se llene de contenidos, sea también algo heredado de mi padre.
Y si esto es así, ¿qué le cuento entonces al yo joven que me mira con el cigarro encendido, sentado sobre una mochila en una estación de tren de vete tú a saber dónde, esperando el tren que enlace con vete tú a saber que otra ciudad? Que este viejo de cuarenta años tiene miedo a quedarse sin relato, sin historia, a no saber seguir llenando de acción y contenido la única narración que realmente le merece la pena contar.
Miedo a quedarse al margen, en el arcén.
-------------------------------------------------------- (Todo esto es ficción - bueno, no todo, pero mucho más de lo que pensareis)
Comenzar describiendo un paseo por un casco histórico de una ciudad española que termina conmigo sentado en una terraza esperando. Insertar el recuerdo de la primera vez que te vi, bajando aquella escalera. Verte llegar, de nuevo, años después.
Describir una charla contigo, en esa terraza ajardinada del centro histórico de una ciudad española, tu ciudad; charla imprecisa sobre cuestiones cotidianas sin importancia, sobre la mecánica de vivir día a día, confrontando nuestras estrategias para escapar del hastío.
Insertar, de forma breve e inconexa, recuerdos tuyos -es decir, mis recuerdos del tiempo que compartí contigo- de forma cronológica, pero deslavazados, incluyendo alguno de los mensajes y las conversaciones. Los recuerdos que implican momentos en los que estuvimos los dos juntos, siempre desde una estricta primera persona.
Avanzar en la conversación para, poco a poco, contarnos la vida, literalmente, es decir, narrar el uno al otro cómo ha trascurrido nuestra vida.
Insertar más recuerdos, pero ya únicamente vistos desde el presente, explicándotelos, haciéndote notar la huella emocional, el daño.
Llegar al punto clave, ¿por qué? ¿por qué todo eso ocurrió? ¿por qué me ocurrió a mí? ¿por qué lo hiciste? ¿por qué a mí? ¿sólo a mí? ¿por qué necesitabas hacer eso?
Continuar, sin definir las respuestas, ahora en la terraza de un piso de la costa atlántica francesa, volver a manchar unas sábanas con un vino tinto caro.
Revelar que aquello no me lo hiciste a mí, que aquello te lo hacías a ti misma. Que lo hiciste de forma continuada durante años. Que sufrías con ello, por ello, y te expiabas con el daño que te hacía. Que algo se rompió conmigo. Embarazo, maternidad, secreto.
Insertar un epílogo, en el que me preguntas por el libro (el mismo libro que se está leyendo) como si me cuestionases al mismo tiempo que lo escribo (tópico 'romper cuarta pared', 'salir del papel').
Terminar explicándote cómo te llevo utilizando toda la vida como método de expiación, como justificación y explicación, como sublimación de mis neuras.
Y un fin sin despedida, tan sólo con la marea subiendo y enterrando los interminables metros de arena de la desembocadura del Oka desde la orilla de Laida.
'Desde un punto de vista ontológico, la cuestión matemática se reduce a tres conceptos básicos:
-Cero: lo que no existe.
-Uno: la individualidad.
-Y cualquier número superior a uno, la multiplicidad, pues aquello que existe más de una vez, puede existir en cualquiera de los infinitos planos del universo cuya existencia avala la teoría científica.
Todo lo que ocurre, ya sucedió antes.
Todo lo que está por ocurrir, ya tiene lugar ahora.
Todo volverá a ocurrir, una y otra vez.
Todo ocurre siempre, todo ocurre a la vez.
Caminaba
trabajosamente a través del estrecho sendero, siempre cogida de su
mano, y tropezando continuamente con piedras sueltas y raíces que
brotaban en los laterales del camino. A ratos, el suelo se convertía
en un lodazal, encharcado por las últimas lluvias. Él caminaba
seguro de sí mismo, mientras cargaba con la mochila, siempre
pendiente de ella. “Vamos, ya no queda mucho, ¿ves el recodo del
camino? Justo después de esa curva ya encontraremos el lago”.
Era
uno de esos primeros días soleados de primavera, la corta primavera
de Montana, que apenas dura unas semanas, después del largo invierno
en el que el campo se cubre de nieve durante meses. Habían decidido
disfrutar el día, él le dijo que conocía un lugar, en el lago
Nilan, donde nadie les molestaría, así que la recogió bien
temprano en la ranchera de su padre y recorrieron las escasas 5
millas que separaban Augusta, Montana (504 habitantes) hasta el lago
Nilan – el lago, en realidad, era el resultado de un antiguo
embalse, construido décadas atrás como reserva de agua dulce para
regar los campos – y una vez llegaron a la orilla por el acceso
principal, tomaron un desvío siguiendo una pista de tierra que se
iba estrechando paulatinamente, hasta el punto donde dejaron aparcado
el vehículo para continuar a pie.
Alice
era precavida, y pese al sol que imperaba en el cielo absolutamente
azul y sin nubes, llevaba ropa de abrigo, ya que como decía siempre
su padre “uno no se puede fiar de esos vientos que bajan de las
Rocosas, tan pronto se llevan las nubes al sur, hacia el Condado de
Jefferson, como te cubren de nieve hasta las cejas sin previo aviso”.
Conocía a Ernie del instituto, aunque nunca coincidieron en ninguna
clase. Ella continuaba estudiando, y pronto tendría que decidir
sobre su futuro, pues se graduaba en el próximo junio; en cambio,
Ernie había abandonado el instituto para trabajar con su padre en el
único taller del Augusta, reparando coches y tractores. “¿Qué te
dije? Justo el recodo y el lago, ya hemos llegado. Pero mira, no hay
ninguno de esos pescadores, aquí no nos molestará nadie”.
Merriet
recogía el plato y el tazón del desayuno de su hija y su marido, al
tiempo que preparaba el de Ted, el menor de sus hijos. Sonaba la
radio pero apenas la escuchaba mientras fregaba, calentaba la sartén,
partía las rebanadas de pan y recogía las migas de la mesa.
Tampoco escuchó a Ted llegar a la cocina, con la ropa de dormir y en
calcetines, con el pelo revuelto. “Mamá, ¿dónde están todos?”
preguntó mientras se sentaba. “Pues tu padre se ha ido con los
demás, a limpiar las cabañas de caza, y Alice me ha dicho que iba
al lago Nilan, con Ernie, ese amigo suyo nuevo. ¿Tu conoces a Ernie,
te suena de algo? Por cierto, ¿cuántas veces te tengo que decir que
te vistas para desayunar?” Merriet calentó las tortitas en la
sartén, y las dejó allí mientras acercaba los cereales, la
mermelada y los platos a la mesa. “No sé, trabaja en el taller,
parece simpático, pero no lo conozco mucho, no juega ni a fútbol ni
a baloncesto, es mayor que yo. ¡Mamá, que se queman!”. Ambos se
sentaron a desayunar sin hablar durante un rato, Merriet ya había
comido algo con su hija, así que tan solo tomó otra taza de café y
la mitad de una tortita con mermelada. Estaba absorta, adormilada,
sin atender a nada, y no escuchó la noticia en la radio. “Mamá,
¿no has oído? Es Laura, la chica de la panadería, la están
buscando, parece que no ha pasado por casa en tres días”. Merriet
levantó la vista hacia su hijo. “¿Cómo? ¿Laura? No estaba
atenta. Es buena chica. Esperemos que la encuentren pronto.
La
mañana avanzaba y el sol seguía reinando en el cielo, sin ningún
atisbo de nubes y los vientos de las Rocosas seguían en calma. Ernie
se había atrevido a meterse en el lago, nadando hasta mucho más
allá de donde hacía pie, y ahora estaba tumbado sobre la manta
mientras Alice le frotaba con la toalla. “Estás loco, Ernie,
suerte tendremos si no pillas una pulmonía”. Mientras le frotaba,
él le hacía cosquillas cada cierto tiempo, y jugaban, rodando en la
manta, abrazándose. A cada momento, los abrazos se prologaban más,
hasta que ella dejó la toalla a un lado. Estaba nerviosa, pero no
sentía miedo, Ernie se comportaba de forma tranquila, jugando pero
sin abalanzarse bruscamente sobre ella, avanzando poco a poco, hasta
que comenzó a desabrocharle la camisa. “Hum... Hola chicos, no
quiero molestar, pero esto es importante”. Se dieron la vuelta
rápidamente, y Alice apenas tuvo tiempo de taparse con la toalla
antes de ver al agente Newday hablándoles desde la orilla, mirando
pudorosamente hacia un lado. “No os preocupéis, no vengo por
vosotros y lo que hagáis aquí es cosa vuestra, confiad en mí”.
Ernie se incorporó, “¿qué pasa agente?” dijo aún sin la
camiseta. “Nada. Bueno sí, sí pasa algo. ¿Habéis visto a
alguien por aquí?”. “Que va, agente. No hemos visto a nadie.
Tan solo un par de furgonetas de pescadores, pero estaban allí”
dijo Ernie señalando a la cabecera del lago. El agente frunció el
ceño. “¿Nadie más? Bueno, os dejo tranquilos, tened cuidado”
dijo girándose hacia el camino. “Pero ¿qué ocurre, agente?”
esta vez era Alice la que hablaba, ya con la camisa abrochada. “Es
Laura, la chica de la panadería. No aparece. Parece ser que alguien
la escuchó decir que venía al lago, pero no sabemos con quién. Ya
en serio, tened cuidado, volved pronto a casa y, si veis algo, id a
la oficina del sheriff en el pueblo. Hasta luego”.
Marriet
escuchaba a la gente parlotear en la tienda, todo el mundo opinando,
pero sin aportar nada nuevo, nada seguro. Todo el mundo tenía una
opinión. Era una chica buena y ordenada. Sí, pero acababa de dejar
a Fred, su novio de toda la vida. Pero no es propio de esa chica
desaparecer así, sin más. La juventud, ya se sabe, aventuras y
locuras. La vieron con ese chico, no sé cómo se llama, el alto,
moreno. Trabaja en la gasolinera. No, ese no, ese es Robert, le he
visto esta mañana. No sé, pero a ese chico le vi el lunes en la
tienda de repuestos, y por la tarde tomando un refresco en la
cafetería de Marnie, con Laura y la otra chica. ¿Qué otra chica?
Mary, de los Pullman, creo. No Mary no, era esa otra, la que aún va
al instituto en el autobús todas las mañanas. Alice, creo que se
llama.
Ernie
parecía enfadado, la interrupción del agente le había
cambiado, y pese a que Alice había insistido, no había querido
permanecer allí tumbados. Se vistió y empezó a recoger. “Vamos,
conozco otro sitio donde no nos molestarán. Y esta vez no vendrá
ningún agente a meterse donde no le llaman". Metió la toalla y la
manta en la mochila y se la colgó a la espalda, “vamos, por el
camino, a la ranchera”, dijo tendiéndole la mano. Alice dudó,
pues no conocía este aspecto de Ernie, pero no tenía opción. La
única forma de ir a casa era con él, la única forma de llegar a la
cabecera del lago era ese camino. Tomó la mano y le siguió.
Llegaron a la furgoneta, se montaron y recorrieron parte del camino
de vuelta, pero pronto tomaron otra pista de tierra, girando a la
derecha, hacia las montañas. “Llévame a casa Ernie, quiero ir a
casa”. “No te preocupes, en la cabaña no nos molestará nadie,
está aquí cerca”.
El
agente Newday tenía orden de visitar todas las cabañas de caza de
la zona del lago, y por ahora no había encontrado nada interesante.
La mayoría de ellas estaban aún tal y como el invierno las había
dejado, cubiertas de ramas; en otra encontró a una cuadrilla de
hombres retirando lodo y despejando el camino a otra cabaña. Tampoco
habían visto nada. Le quedaba una por visitar. Aparcó el coche y
encendió el walkie-talkie, camino arriba hacia la cabaña. A unos
metros encontró una ranchera, era la de los chicos del lago. Junto a
la puerta, en el suelo, estaba una mochila y un abrigo femenino
tirado. “Chicos, creo que tengo algo, voy a ver”, dijo
desenfundando la pistola. Se acercó sigilosamente. Junto a la
puerta, entornada, encontró unos zapatos y unas botas de campo.
Buscó una ventana lateral para echar un vistazo al interior. Al
girar la esquina de la cabaña, por la ventana, vio la piel desnuda
de una chica, y al acercarse la escena se fue completando. Allí
estaban los dos chicos, desnudos, abrazados y dormidos. Espero un
rato, para comprobar que ambos pechos se hinchaban por la
respiración. El chico estaba de lado, dándole la espalda, la chica
estaba más cerca de la ventana, y pudo observar todo su cuerpo,
desnudo, joven, pálido. Respiraba lentamente.
Marriet
caminaba de vuelta a casa, aturdida y asustada, pero sin poder creer
ninguna de las ideas que le pasaban por la cabeza. No había querido
intervenir en la conversación de la tienda, no serviría de nada,
esa gente opina sin saber, y un altercado con un vecino nunca es algo
bueno. Salió de la tienda con sus bolsas y cruzó la calle hasta
llegar a la plaza, que atravesó sin levantar la mirada del piso.
Llegó a la acera, y se disponía a cruzar de nuevo, ya había
adelantado un pie cuando el ruido estridente de una sirena le hizo
retroceder. Dos coches patrulla pasaron delante de ella, a toda
velocidad y con las sirenas puestas. El corazón le dio un vuelco en
ese momento y una de las bolsas se le deslizó de la mano y golpeó
el suelo.
“Newday,
déjalo. Ya está. Ven rápido, al apeadero de Simms, no tardes”
dijo una voz metálica y autoritaria a través del walkie talkie.
La lluvia golpeaba los
cristales, mansa y rítmicamente, como los zapatos del maestro al
recorrer el aula. La ventana se emborronaba, y el alumno apenas podía
reconocer la figura de los eucaliptos en el campo, allí afuera.
Dentro del aula, la iluminación era gris y opaca, y apenas permitía
leer los manuales de historia.
De forma que Jaime el
Conquistador, avanzando por la costa mediterránea, hasta llegar a
Murcia, parece completar la expansión cristiana, que ya Fernando III
de Castilla había extendido hasta la ciudad de Sevilla, e incluso
más allá. Pero en Granada resiste el musulmán, ocupando dicha
provincia, Málaga y Almería. Impedirá el Reino Nazarí la completa
cristianización de la Península hasta siglos más adelante.
Dejarán, eso sí, vestigios monumentales que darán cuenta de su
desarrollo, así como ilustrarán la medida del valor de los
conquistadores españoles, como la Alambrada...
La Alhambra, señor
Gutiérrez. Parece que usted no se aplica ni en leer ni en la
historia de España. Martínez, continúe. Martínez, estamos
esperando. Martínez, no querrá usted que molestemos al señor
director por su despiste. Continúe.
El alumno giró la
cabeza y se encontró con Martínez, sonrojado, buscando con los ojos
el punto de lectura. La lectura continuó. El alumno volvió a mirar
a través de la ventana. Los eucaliptos estaban allí, enmascarados
por la lluvia, balanceándose y ocultando el campo ancho y llano.
Abrid el libro por la
página setenta y siete. Mirad la descripción de la Alhambra. Como
veis, Kevin, por favor, es un complejo militar y palaciego. No,
Ahmed, no eran ciegos. Tenéis que buscar en vuestros portátiles
imágenes de la Alhambra. Cuando las encontréis, buscad aquellas que
representen los elementos explicados en la ilustración del libro.
Torre de la Vela, Kevin, por favor, murallas, zona militar,
habitaciones del palacio. Kevin, no te lo repito. Luego en grupos de
tres preparáis una presentación con las imágenes. Como siempre,
Kevin, tu no trabajas con Jonathan, ya te lo he dicho mil veces, haz
el favor.
Miró de nuevo por la
ventana. La lluvia y el viento parecían ensañarse con el eucalipto.
Un único solar sin construir sobrevivía entre hileras de
unifamiliares y viviendas de protección oficial. Absorto durante un
momento, le pareció escuchar de nuevo a Don Evelio bramando. Señor
Llorente, si no atiende a la lectura, jamás entenderá el legado
Nazarí. No, Alba, no. La Alhambra no tiene nada que ver con el
Nazaré de la profesora de religión. Kevin, me vas a obligar a
ponerte un parte, para de una vez.
El
chaval corría bajo la luz de la luna, acompañado por un perro aún
cachorro, con unas alpargatas de esparto que amortiguaban las
pisadas. Había salido por la azotea de la casa, evitando cualquier
ruido, y había recorrido los tejados de las casas de su calle sin
realizar el menor ruido. Bajo la luna llena era muy fácil para él,
que conocía de memoria cada rincón, cada macetero, cada alcayata
del laberinto de azoteas y tejados del pueblo. A sus doce años era
hábil, elástico, resistente, pero también era menudo y ligero, y
lo más importante, tenía bien enseñado al perro para que no
ladrara ni se entretuviese con los gatos ni las sombras que dibujaban
techos, chimeneas y demás.
Al
final de la calle, bajó del tejado en el que se encontraba
apoyándose en la enredadera que trepaba por la pared, saltando a un
árbol cercano. Ahora que caminaba por el empedrado, en una noche
luminosa como esa, era mucho más visible, y tenía que concentrarse
y agacharse al pasar bajo las ventanas, saltar al pasar delante de
las puertas abiertas, esquivar a los pocos transeúntes, y
convertirse en otra sombra más. Atravesaba las calles del pequeño
pueblo en dirección al puerto, y, según se acercaba, se le dibujaba
una sonrisa al oír el golpeteo continuo de las olas, el choque de
las barcazas entre sí, el graznido de las gaviotas, se animaba con
el olor a salitre concentrado en todas y cada una de las paredes,
maromas y cadenas que se exponían al embate del mar, que hoy se
encontraba tranquilo.
Era
una noche calurosa, con viento del interior, seco, que se llevaba el
olor a mar del pueblo, que no dejaba dormir y que convertía el aire
en una masa inmóvil y pegajosa que se colaba por las ventanas. Las
noches de terral, los gallos y las gallinas cacareaban más, los
burros rebuznaban y se contestaban de parte a parte del pueblo, desde
lo alto hasta el puerto, rambla abajo; los gatos se peleaban y
mascullaban bufidos en los rincones más oscuros, y entre todo eso,
él se deslizaba sin ser visible.
Llegó
al puerto, y de rincón en rincón, siempre buscando las sombras,
rodeó la taberna que se apoyaba en una ladera de la rambla, único
edificio que aún dejaba escapar luz por las ventanas, y,
descolgándose por una maroma, llegó a la embarcación de su tío
Pedro, hermano de su madre, una pequeña patera azul en la que solían
salir a por calamares y jibias, y se tumbó a observar el cielo, a
oír las olas y las gaviotas, a sentir el bamboleo de la barca (la
“Carmela del mar”, como la habían bautizado) y el mar bajo su
espalda. Al cabo de un rato, se incorporó, escrutando los ruidos,
por si se oían los pasos de alguien por el puerto, alguien que le
viese trepar por la maroma, atravesar de nuevo la explanada vacía
para ganar la espalda de la taberna, trepar por la ladera, él ya
sabía cómo, para subir a la azotea, al techo plano del pequeño
edificio que cerraba el puerto hacia levante, hacia la ladera más
escarpada de la rambla. Allí arriba tenía que extremar el cuidado,
pues en la taberna oirían cualquier ruido que hiciera.
El
techo plano, a parte de proporcionarle una panorámica del pueblo
desparramándose colina abajo hacia el mar, siguiendo el curso de la
rambla, le proporcionaba otras vistas más interesantes, ya que a
través de dos claraboyas podía observar el interior de la taberna
sin ser visto, siempre que fuera capaz de desplazarse sin hacer
ruido. Más de una vez creyó ser descubierto y tuvo que huir
corriendo sin mirar atrás hasta su calle, trepar al tejado por el
árbol y la enredadera, recorrer los tejados casi sin respiración y
entrar por la ventana y meterse en la cama, para pasarse la noche
rezando para que, al día siguiente, no le recibiesen con un a bronca
y una paliza cuando fuese al puerto a echarle una mano a su tío, el
pescador de calamares y jibias. Reptando por el tejado, llegó a la
primera de las claraboyas y lentamente, sin dejarse llevar por la
impaciencia, se asomó.
II
La
taberna era bien sencilla, en la fachada, dos ventanas amplias y la
puerta centrada, habitualmente un par de mesas con sus sillas se
ponían fuera, en la explanada que da al puerto. En el interior,
cuatro mesas pequeñas, con sillas desparejadas, y en un lateral una
mesa algo mayor, para ocho comensales, pegada a la pared. Enfrentada
a la puerta una barra y detrás, unos estantes con las botellas. En
la pared de la derecha, un calendario colgado, una foto con la
alineación del Madrid que venció al Stade de Reims en el Parque de
los Príncipes y un botijo colgado de una alcayata. Muchas noches,
alguien sacaba una guitarra y empezaba el jaleo.
Otras
noches, tal y como esta misma noche, si estaban Antonio el de la
Parra y Juan de la Filo, se retiraba una de las mesas pequeñas y se
sentaban en una esquina, justo a la derecha de la puerta, Antonio con
la guitarra, abrazada muy cerca del cuello, con los ojos bajos,
concentrado, y Juan solemne, en la silla, con las piernas abiertas y
siguiendo el compás con la mano izquierda sobre la pierna, y con la
palma de la derecha abierta, como explicándose. Juan, el de la Filo,
era mayor, rondaba los cincuenta años y siempre vestía la camisa
bien abrochada, hasta el cuello por muy raída que estuviera, por muy
calurosa que fuera la noche.
Antonio
era más joven. Le llamaban el de la Parra por el hospicio en el que
se había criado, un hogar de monjas que se había instalado en el
Cortijo de la Parra unos años antes, justo después de la Guerra.
Nadie decía saber nada de él y nadie preguntaba, él tampoco
contaba. A los catorce años dejó la casa de las monjas y empezó a
trabajar en la taberna, fregando platos y vasos, hasta que pasó lo
del Tabernas, que así era como llamaban al Eugenio, el padre de la
Lola y dueño del local, y Néstor, hijo del Eugenio. De aquello
había pasado ya mucho tiempo, lo menos quince años, y lo poco que
el chico sabía era lo poco que había ido escuchando en
conversaciones en voz baja aquí y allá, en la lonja con su tío,
después de descargar el pescado, en casa mientras su madre remendaba
calcetines y pantalones, cuando venía la vecina, que no paraba de
hablar, en la taberna mientras espiaba desde el techo. Que un día no
abrieron la taberna, que la gente se asustó y al final, al cabo de
la mañana, llamaron al guardia civil, que forzó la cerradura y
entró a ver que había pasado. Que Eugenio estaba en el suelo de la
taberna, justo delante de la barra, con las tripas abiertas, en un
charco de sangre. Que la Lola estaba encerrada en baño, y que no fue
capaz de decir palabra en dos semanas, y que cuando lo hizo, nunca
dijo nada de lo que pudo ver u oír. Que el Néstor no apareció más
por el pueblo. Y que el Antonio ese día había salido al mar, en la
barca del hermano de Juan el de la Filo, y que cuando volvió a
tierra, le tuvieron que agarrar entre todos los hombres que estaban
allí para que no cometiera ninguna locura. Al
chaval le ensimismaba ver como un hombre hecho y derecho, recio, con
las manos bien encallecidas, podía ponerse completamente colorao
cuando se rompía en mitad de un cante, alargando un quejío, una
vocal que sube y baja al compás de la mano izquierda sobre el muslo
y siguiendo los arabescos de la mano derecha, que, abierta, parecía
explicar de dónde salía ese dolor tan serio, tan conspicuo, tan
profundo. A veces, cuando se rompía del tó, Antonio dejaba callar
la guitarra y levantaba la cabeza mirando a su compañero, asintiendo
rítmicamente, frunciendo el ceño. Y cuando a Juan se el acababa el
aire, y eso pasaba pocas veces, y bajaba la mano derecha, dejando la
mano izquierda muerta sobre la pierna, con la cabeza gacha, la cara
completamente congestionada, se hacía el silencio, y las caras de
los habituales era de expectación, con las cejas levantadas, la boca
ligeramente abierta y el gesto tenso; entonces, Antonio arrancaba a
tocar la guitarra, paseando los dedos por todo el mástil de la
guitarra, recorriendo todos los trastes, siguiendo líneas que solo
él veía, arrebolando melodías, para terminar cerrando con tres
rasgueos profundos y sentenciosos. Siempre alguien soltaba un “¡ole
ahí la madre que te parió, Antonio!” mientras los demás vaciaban
los chatos de vino.
Algunas
noches la cosa duraba más, otras menos, dependiendo de Antonio, de
Juan, o de la Dolores, la tabernera, que no dejaba que la llamasen
Lola desde que cumplió los veinte años, y que a veces ponía fin a
la noche con un “ya está bien, que no son horas, que un día en el
pueblo se enfadan, y me queman la taberna por no dejarles dormir, y a
ver qué hago yo sola en el mundo sin la taberna”. Lola era
medianamente joven, vete tú a saber si de unos veintimuchos o
treintaypocos, soltera, y llevaba ella sola la taberna desde que
pasaron aquellos quince días de silencio.
Otras
noches la cosa terminaba cuando llegaba el guardia civil, con su
uniforme y su bigote bien espeso. No es que la única autoridad del
pueblo fuese restrictiva con la gente y su diversión (el pueblo era
pequeño, no contaba ni con alcalde ni alguacil), simplemente su
presencia hacía de disolvente, y terminaba por convencer a la gente
de que ya era hora. Siempre entraba y se acodaba en la barra, en una
esquina, lejos de la jarana, y bebía una copa de brandy escuchando
sin prestar atención el cante de Juan. Cuando terminaba la canción,
se incorporaba, a veces ni hablaba, sólo carraspeaba y estiraba las
piernas, y los parroquianos apuraban los vasos e iban desfilando por
la barra pagando los vinos, y tras despedirse, marchaban despacio y
en silencio cada uno a su casa y a sus cosas. Antonio y Juan eran de
los primeros en marchar, pues nunca les dejaban pagar y nunca se
despedían del guardia civil, apenas le miraban al salir.
III
El
chico seguía observando mientras los parroquianos salían de la
taberna, apretando el cuerpo al techo, pues ahora corría el riesgo
de ser visto desde cualquier punto del pueblo. Pasados unos minutos,
Dolores, la Lola, recogía todo aquello y pasaba el trapo por las
mesas, organizaba las sillas, y, mientras, el guardia terminaba su
copa, “bueno, voy a echar un pitillo” decía él, o alguna frase
similar, y salía ladeando la cabeza mientras encendía un cigarro
recién liado. Mientras fumaba, el guardia daba siempre un corto
paseo, recorriendo cadenciosamente la explanada del puerto y las
calles aledañas, como comprobando que todo está en paz, que la
gente duerme tranquila, que nadie tiene ningún problema, que nadie
observa. Y entonces comenzaba la parte más delicada de la noche para
el chaval.
Observaba
al guardia en su rutinaria ronda, y como si de una coreografía se
tratara, esperaba que se perdiera por una de las calles laterales,
para bajar del techo de la taberna, sigilosamente, y correr entre las
sombras a esconderse detrás de los toneles abandonados que llevaban
años apoyados en la ladera de la rambla, a escasos metros de la
taberna. Allí podía permanecer agazapado, acariciando al perro, que
había vuelto de vagar por ahí desde que se tumbó en la patera de
su tío (una vez lo llevó a la barquichuela, bajando por la maroma
con el cachorro, entonces más pequeño, abrazado al pecho, pero al
perro no le gustó la sensación de movimiento del mar e intentó
huir, cayendo ambos al agua; ese día se montó un buen lío, y al
llegar a casa lo recibió la correa del pantalón) esperando y
observando. Desde allí podía ver la explanada del puerto, la
entrada a la taberna no, le quedaba algo oculta, pero si podía
observar la ventana de la habitación de la Dolores, que entraba
después de recoger la taberna, y, a media luz y con la ventana
abierta, comenzaba a desnudarse.
Era
una mujer muy morena, de pelo negro azabache, largo y rizado, de
cuerpo contundente pero redondeado, con unos grandes ojos bien negros
y bien redondos. Y siempre, o casi siempre, todas las noches, o casi
todas las noches, ocurría lo mismo. Cuando estaba a medio desnudar,
sólo con la ropa interior, se acercaba a la ventana, sin asomarse y
silbaba una cancioncilla. Y desde los toneles, el chaval la podía
ver, recogiéndose el pelo y sonriendo al escuchar primero los pasos
del guardia por la explanada y luego la puerta abrirse y cerrarse. En
un momento, el chaval podía verlos abrazarse, besarse, y luego
separarse. Entonces el guardia dejaba la pistola y el tricornio en
una cómoda, fuera de la vista del chaval, y comenzaba a desnudarse
parsimoniosamente, prenda a prenda, dejándolas con cuidado en una
butaca de mimbre. “Hay que ver, parece que estés escribiendo un
informe de esos, poniendo una multa o algo, que poco entusiasmo. ¿Qué
no te alegras de verme, Lorenzo? ¡Ay ven pa acá, jodío!” y se
abalanzaba sobre él. Lorenzo, el guardia, respondía esquivo, “Niña,
guarda las composturas, que no me gustas las chorraícas estas”.
Cuando se quedaba en calzones, se levantaba y abría los brazos, y
ella siempre lo abrazaba y lo arrastraba a la cama.
Muchas
veces el chaval se quedaba ahí, concentrado en escucharlo todo, las
quejas, los gemidos de ella, los bramidos de él, las frases sueltas
después como “el día que esto se sepa, nos la lían en el pueblo”
o “este pueblo de mansos no levantan ni un deo contra la autoridad,
y si no mira los rojos esos del flamenco, corderitos son”,
escondido entre los toneles. Otros días, se acercaba sigilosamente y
asomaba, desde lejos la cabeza por la ventana, y miraba. Miraba como
retozaban los dos cuerpos sobre la cama, y le gustaba sobre todo
cuando era ella la que se ponía encima y ondeaba su cuerpo sobre el
de él. Esas veces, cuando ella estaba encima, ella gemía más y el
bramaba menos, y además podía ver los pechos moverse, grandes y
contundentes al ritmo de las caderas, arriba y abajo, con los oscuros
pezones, grandes, subiendo y bajando.
Lo
que hacía siempre era bajar la mano hasta la bragueta y acompañar
los movimientos del cuerpo de la Dolores con los de su mano,
acompañando los gemidos de ella con su propia respiración,
esforzándose por ahogar sus propios gemidos. Esta noche se sentía
valiente, y había abandonado la seguridad de los toneles para
acercarse a la ventana, quería verla mejor. Y la luna llena de
verdad hacía que la viese mejor, casi al detalle, mientras bailaba
sobre el guardia, en la cama, cerca de la ventana. Los gemidos hoy
eran especialmente profundos y sentidos y el muchacho tuvo que
esforzarse en contener los suyos, pero algo debió escaparse, algún
bufido o resoplido, pues en mitad de los contoneos ella giró la
mirada hacia la ventana y vio al chaval, allí, en mitad de la nada,
con la mano en la bragueta, a la luz de la luna, petrificado. Ella
aminoró la velocidad, y cambió en un instante, una primera
expresión de sorpresa por una sonrisa cómplice, cada vez más
abierta, mientras poco a poco recuperaba el ritmo de bamboleo,
siempre sin dejar de mirar al chaval.
IV
El
hechizo se rompió con el bramido de Lorenzo, “¿qué pasa? ¿qué
miras tanto por la ventana? ¿hay alguien ahí?”. Al escuchar la
voz gutural del guardia, la Dolores cambió el gesto y volvió la
mirada hacia el mostacho que ahora intentaba incorporarse. “No, na,
que la luna está muy bonita hoy, to llena”. El chaval no supo
reaccionar, se sentía petrificado, y se mantuvo allí, mirando por
la ventana, hechizado por el movimiento rítmico del cuerpo de la
mujer.
Pero
en apenas un momento, un momento que al chico le pareció una
eternidad, el hechizo se rompió. Un destello, un fogonazo descompuso
la noche y la escena. Y al momento, casi instantáneo, un ruido como
un trueno de tormenta seca retumbó en los oídos del chico. Giró la
cabeza hacia la puerta de la taberna, hacia la plaza que se abría al
puerto. Otro relámpago y otro trueno volvieron a romper la noche. El
Antonio había vuelto, y ahora atravesaba el puerto, llegando hasta
la puerta de la taberna, pero esta vez, en lugar de guitarra traía
una escopeta de dos cañones, humeante por los disparos al cielo
recién disparados, y abierta mientras recargaba dos nuevos
cartuchos. El chico veía su cara, iluminada por la luna, seria,
dura, sin ningún gesto, mientras se acercaba a la puerta y la abría
de una patada.
La
acción se desarrolló delante de él como en un sueño, los segundos
duraron eternidades, y todo parecía envuelto en un aura de
irrealidad, como en un sueño. El guardia civil empujó a la Dolores
de la cama al suelo y se levantó, desnudo, acercándose a la cómoda,
buscando la pistola que había dejado allí minutos antes. La Dolores
se levantó del suelo, gritando, tropezando en el remolino de las
sábanas revueltas, lanzando los brazos hacia el Lorenzo. En ese
momento, la puerta de la habitación giró violentamente, golpeando
al guardia en la cara, al tiempo que el Antonio aparecía con la
escopeta encañonada y la misma cara sin expresión. Otro trueno y
otro relámpago y el Lorenzo desapareció del campo visual que la
ventana ofrecía al chico. Ahora la Dolores, la Lola, estaba de pie,
gritando y alargando los brazos hacia el Antonio. Otro trueno y otro
relámpago, y el cuerpo de la mujer giró como golpeado por un brutal
puño invisible, quedando doblado sobre el marco de la ventana, con
la cabeza y los brazos hacia fuera y los rizos negros azabache
tapando el rostro. Antonio bajó el rifle, de nuevo humeante, y quedó
quieto contemplando el cuerpo de la mujer. Parecía absorto, y no vio
lo que el chico sí vio. Que un brazo fuerte y velludo se apoyaba en
la cama, que un cuerpo desnudo de varón se incorporaba lo justo para
levantar otro brazo que se prolongaba con el corto cañón de una
pistola reglamentaria y le apuntaba. Un tercer trueno, más ligero,
más un silbido esta vez que una explosión, y de la cara de Antonio
comenzó a brotar un chorro de sangre, antes de que los dos cuerpos
se desplomaran.
El
chico seguía petrificado, pues todo ésto apenas duró unos
segundos. De repente, la el cuerpo vencido sobre la ventana se
incorporó, los rizos se hicieron a un lado, y la cara de la Dolores
apareció entre ellos, mirando fijamente al chico. Estiró un brazo
hacia él y gritó “¡Néstor! ¡No! ¡Corre!” y se venció de
nuevo.
Y
el chico tan solo pudo obedecer esa orden, “¡Corre!”. Sin mirar
atrás, sin fijarse esta vez en las ventanas, en la gente que se
asomaba, en las palabras que se cruzaban de casa en casa, corrió.
Trepó de nuevo por la enredadera, subió a las azoteas, y deshizo el
camino que esa misma noche, apenas un par de horas antes había
recorrido en dirección contraria. La luz de la luna seguía siendo
esplendorosa, el terral seguía convirtiendo el aire sobre el pueblo
en una masa inmóvil y pegajosa, pero ahora ya no se escuchaban las
gallinas cacareando ni los burros rebuznando y contestándose.
Tampoco escuchaba el chico el creciente rumor de la gente saliendo de
sus casas, con las batas cerrándose sobre los cuerpos, y que
recorrían las calles hacia el puerto, hacia la taberna, para
enterarse qué estaba pasando, a qué esos ruidos, esos disparos.
Llego el chico a su terraza y vio las luces de la casa encendidas, a
sus padres moverse nerviosos, buscando algo de ropa para taparse, y
salir asustados a la calle, donde la vecina esperaba ya asustada y
gritando. Él se encogió en el rincón que usaba de escondite, dónde
permanecía oculto a cualquiera que mirara desde las ventanas de la
casa, esperando el momento para volver a entrar, llegar a su
habitación, hacerse el dormido, mientras enterraba en su memoria las
imágenes de aquella noche. Tan solo unos momentos después, mientras
permanecía allí encogido, llegó el perro, asustado y gimoteando, y
allí esperaron los dos.