Comenzar describiendo un paseo por un casco histórico de una ciudad española que termina conmigo sentado en una terraza esperando. Insertar el recuerdo de la primera vez que te vi, bajando aquella escalera. Verte llegar, de nuevo, años después.

Avanzar en la conversación para, poco a poco, contarnos la vida, literalmente, es decir, narrar el uno al otro cómo ha trascurrido nuestra vida.
Insertar más recuerdos, pero ya únicamente vistos desde el presente, explicándotelos, haciéndote notar la huella emocional, el daño.
Llegar al punto clave, ¿por qué? ¿por qué todo eso ocurrió? ¿por qué me ocurrió a mí? ¿por qué lo hiciste? ¿por qué a mí? ¿sólo a mí? ¿por qué necesitabas hacer eso?
Continuar, sin definir las respuestas, ahora en la terraza de un piso de la costa atlántica francesa, volver a manchar unas sábanas con un vino tinto caro.
Revelar que aquello no me lo hiciste a mí, que aquello te lo hacías a ti misma. Que lo hiciste de forma continuada durante años. Que sufrías con ello, por ello, y te expiabas con el daño que te hacía. Que algo se rompió conmigo. Embarazo, maternidad, secreto.
Insertar un epílogo, en el que me preguntas por el libro (el mismo libro que se está leyendo) como si me cuestionases al mismo tiempo que lo escribo (tópico 'romper cuarta pared', 'salir del papel').

Y un fin sin despedida, tan sólo con la marea subiendo y enterrando los interminables metros de arena de la desembocadura del Oka desde la orilla de Laida.
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