martes, 23 de agosto de 2016

Mujer bajando una escalera - Idea para una novela




Comenzar describiendo un paseo por un casco histórico de una ciudad española que termina conmigo sentado en una terraza esperando. Insertar el recuerdo de la primera vez que te vi, bajando aquella escalera. Verte llegar, de nuevo, años después.

Describir una charla contigo, en esa terraza ajardinada del centro histórico de una ciudad española, tu ciudad; charla imprecisa sobre cuestiones cotidianas sin importancia, sobre la mecánica de vivir día a día, confrontando nuestras estrategias para escapar del hastío.

Insertar, de forma breve e inconexa, recuerdos tuyos -es decir, mis recuerdos del tiempo que compartí contigo- de forma cronológica, pero deslavazados, incluyendo alguno de los mensajes y las conversaciones. Los recuerdos que implican momentos en los que estuvimos los dos juntos, siempre desde una estricta primera persona.

Avanzar en la conversación para, poco a poco, contarnos la vida, literalmente, es decir, narrar el uno al otro cómo ha trascurrido nuestra vida.

Insertar más recuerdos, pero ya únicamente vistos desde el presente, explicándotelos, haciéndote notar la huella emocional, el daño.

Llegar al punto clave, ¿por qué?  ¿por qué todo eso ocurrió? ¿por qué me ocurrió a mí? ¿por qué lo hiciste? ¿por qué a mí? ¿sólo a mí? ¿por qué necesitabas hacer eso? 

Continuar, sin definir las respuestas, ahora en la terraza de un piso de la costa atlántica francesa, volver a manchar unas sábanas con un vino tinto caro.

Revelar que aquello no me lo hiciste a mí, que aquello te lo hacías a ti misma. Que lo hiciste de forma continuada durante años. Que sufrías con ello, por ello, y te expiabas con el daño que te hacía. Que algo se rompió conmigo. Embarazo, maternidad, secreto.

Insertar un epílogo, en el que me preguntas por el libro (el mismo libro que se está leyendo) como si me cuestionases al mismo tiempo que lo escribo (tópico 'romper cuarta pared', 'salir del papel').

Terminar explicándote cómo te llevo utilizando toda la vida como método de expiación, como justificación y explicación, como sublimación de mis neuras.

Y un fin sin despedida, tan sólo con la marea subiendo y enterrando los interminables metros de arena de la desembocadura del Oka desde la orilla de Laida.

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martes, 19 de abril de 2016

Arithmòs


'Desde un punto de vista ontológico, la cuestión matemática se reduce a tres conceptos básicos:

-Cero: lo que no existe.

-Uno: la individualidad.

-Y cualquier número superior a uno, la multiplicidad, pues aquello que existe más de una vez, puede existir en cualquiera de los infinitos planos del universo cuya existencia avala la teoría científica.

Cualquier otra opción es una falacia.'


miércoles, 13 de abril de 2016

Tiempo













Todo lo que ocurre, ya sucedió antes.
Todo lo que está por ocurrir, ya tiene lugar ahora.
Todo volverá a ocurrir, una y otra vez.
Todo ocurre siempre, todo ocurre a la vez.


sábado, 27 de febrero de 2016

El Lago Nilan, Augusta, Condado de Lewis y Clark, Montana.


Caminaba trabajosamente a través del estrecho sendero, siempre cogida de su mano, y tropezando continuamente con piedras sueltas y raíces que brotaban en los laterales del camino. A ratos, el suelo se convertía en un lodazal, encharcado por las últimas lluvias. Él caminaba seguro de sí mismo, mientras cargaba con la mochila, siempre pendiente de ella. “Vamos, ya no queda mucho, ¿ves el recodo del camino? Justo después de esa curva ya encontraremos el lago”.

Era uno de esos primeros días soleados de primavera, la corta primavera de Montana, que apenas dura unas semanas, después del largo invierno en el que el campo se cubre de nieve durante meses. Habían decidido disfrutar el día, él le dijo que conocía un lugar, en el lago Nilan, donde nadie les molestaría, así que la recogió bien temprano en la ranchera de su padre y recorrieron las escasas 5 millas que separaban Augusta, Montana (504 habitantes) hasta el lago Nilan – el lago, en realidad, era el resultado de un antiguo embalse, construido décadas atrás como reserva de agua dulce para regar los campos – y una vez llegaron a la orilla por el acceso principal, tomaron un desvío siguiendo una pista de tierra que se iba estrechando paulatinamente, hasta el punto donde dejaron aparcado el vehículo para continuar a pie.


Alice era precavida, y pese al sol que imperaba en el cielo absolutamente azul y sin nubes, llevaba ropa de abrigo, ya que como decía siempre su padre “uno no se puede fiar de esos vientos que bajan de las Rocosas, tan pronto se llevan las nubes al sur, hacia el Condado de Jefferson, como te cubren de nieve hasta las cejas sin previo aviso”. Conocía a Ernie del instituto, aunque nunca coincidieron en ninguna clase. Ella continuaba estudiando, y pronto tendría que decidir sobre su futuro, pues se graduaba en el próximo junio; en cambio, Ernie había abandonado el instituto para trabajar con su padre en el único taller del Augusta, reparando coches y tractores. “¿Qué te dije? Justo el recodo y el lago, ya hemos llegado. Pero mira, no hay ninguno de esos pescadores, aquí no nos molestará nadie”.

Merriet recogía el plato y el tazón del desayuno de su hija y su marido, al tiempo que preparaba el de Ted, el menor de sus hijos. Sonaba la radio pero apenas la escuchaba mientras fregaba, calentaba la sartén, partía las rebanadas de pan y recogía las migas de la mesa. Tampoco escuchó a Ted llegar a la cocina, con la ropa de dormir y en calcetines, con el pelo revuelto. “Mamá, ¿dónde están todos?” preguntó mientras se sentaba. “Pues tu padre se ha ido con los demás, a limpiar las cabañas de caza, y Alice me ha dicho que iba al lago Nilan, con Ernie, ese amigo suyo nuevo. ¿Tu conoces a Ernie, te suena de algo? Por cierto, ¿cuántas veces te tengo que decir que te vistas para desayunar?” Merriet calentó las tortitas en la sartén, y las dejó allí mientras acercaba los cereales, la mermelada y los platos a la mesa. “No sé, trabaja en el taller, parece simpático, pero no lo conozco mucho, no juega ni a fútbol ni a baloncesto, es mayor que yo. ¡Mamá, que se queman!”. Ambos se sentaron a desayunar sin hablar durante un rato, Merriet ya había comido algo con su hija, así que tan solo tomó otra taza de café y la mitad de una tortita con mermelada. Estaba absorta, adormilada, sin atender a nada, y no escuchó la noticia en la radio. “Mamá, ¿no has oído? Es Laura, la chica de la panadería, la están buscando, parece que no ha pasado por casa en tres días”. Merriet levantó la vista hacia su hijo. “¿Cómo? ¿Laura? No estaba atenta. Es buena chica. Esperemos que la encuentren pronto.

La mañana avanzaba y el sol seguía reinando en el cielo, sin ningún atisbo de nubes y los vientos de las Rocosas seguían en calma. Ernie se había atrevido a meterse en el lago, nadando hasta mucho más allá de donde hacía pie, y ahora estaba tumbado sobre la manta mientras Alice le frotaba con la toalla. “Estás loco, Ernie, suerte tendremos si no pillas una pulmonía”. Mientras le frotaba, él le hacía cosquillas cada cierto tiempo, y jugaban, rodando en la manta, abrazándose. A cada momento, los abrazos se prologaban más, hasta que ella dejó la toalla a un lado. Estaba nerviosa, pero no sentía miedo, Ernie se comportaba de forma tranquila, jugando pero sin abalanzarse bruscamente sobre ella, avanzando poco a poco, hasta que comenzó a desabrocharle la camisa. “Hum... Hola chicos, no quiero molestar, pero esto es importante”. Se dieron la vuelta rápidamente, y Alice apenas tuvo tiempo de taparse con la toalla antes de ver al agente Newday hablándoles desde la orilla, mirando pudorosamente hacia un lado. “No os preocupéis, no vengo por vosotros y lo que hagáis aquí es cosa vuestra, confiad en mí”. Ernie se incorporó, “¿qué pasa agente?” dijo aún sin la camiseta. “Nada. Bueno sí, sí pasa algo. ¿Habéis visto a alguien por aquí?”. “Que va, agente. No hemos visto a nadie. Tan solo un par de furgonetas de pescadores, pero estaban allí” dijo Ernie señalando a la cabecera del lago. El agente frunció el ceño. “¿Nadie más? Bueno, os dejo tranquilos, tened cuidado” dijo girándose hacia el camino. “Pero ¿qué ocurre, agente?” esta vez era Alice la que hablaba, ya con la camisa abrochada. “Es Laura, la chica de la panadería. No aparece. Parece ser que alguien la escuchó decir que venía al lago, pero no sabemos con quién. Ya en serio, tened cuidado, volved pronto a casa y, si veis algo, id a la oficina del sheriff en el pueblo. Hasta luego”.




Marriet escuchaba a la gente parlotear en la tienda, todo el mundo opinando, pero sin aportar nada nuevo, nada seguro. Todo el mundo tenía una opinión. Era una chica buena y ordenada. Sí, pero acababa de dejar a Fred, su novio de toda la vida. Pero no es propio de esa chica desaparecer así, sin más. La juventud, ya se sabe, aventuras y locuras. La vieron con ese chico, no sé cómo se llama, el alto, moreno. Trabaja en la gasolinera. No, ese no, ese es Robert, le he visto esta mañana. No sé, pero a ese chico le vi el lunes en la tienda de repuestos, y por la tarde tomando un refresco en la cafetería de Marnie, con Laura y la otra chica. ¿Qué otra chica? Mary, de los Pullman, creo. No Mary no, era esa otra, la que aún va al instituto en el autobús todas las mañanas. Alice, creo que se llama.



Ernie parecía enfadado, la interrupción del agente le había cambiado, y pese a que Alice había insistido, no había querido permanecer allí tumbados. Se vistió y empezó a recoger. “Vamos, conozco otro sitio donde no nos molestarán. Y esta vez no vendrá ningún agente a meterse donde no le llaman". Metió la toalla y la manta en la mochila y se la colgó a la espalda, “vamos, por el camino, a la ranchera”, dijo tendiéndole la mano. Alice dudó, pues no conocía este aspecto de Ernie, pero no tenía opción. La única forma de ir a casa era con él, la única forma de llegar a la cabecera del lago era ese camino. Tomó la mano y le siguió. Llegaron a la furgoneta, se montaron y recorrieron parte del camino de vuelta, pero pronto tomaron otra pista de tierra, girando a la derecha, hacia las montañas. “Llévame a casa Ernie, quiero ir a casa”. “No te preocupes, en la cabaña no nos molestará nadie, está aquí cerca”.

El agente Newday tenía orden de visitar todas las cabañas de caza de la zona del lago, y por ahora no había encontrado nada interesante. La mayoría de ellas estaban aún tal y como el invierno las había dejado, cubiertas de ramas; en otra encontró a una cuadrilla de hombres retirando lodo y despejando el camino a otra cabaña. Tampoco habían visto nada. Le quedaba una por visitar. Aparcó el coche y encendió el walkie-talkie, camino arriba hacia la cabaña. A unos metros encontró una ranchera, era la de los chicos del lago. Junto a la puerta, en el suelo, estaba una mochila y un abrigo femenino tirado. “Chicos, creo que tengo algo, voy a ver”, dijo desenfundando la pistola. Se acercó sigilosamente. Junto a la puerta, entornada, encontró unos zapatos y unas botas de campo. Buscó una ventana lateral para echar un vistazo al interior. Al girar la esquina de la cabaña, por la ventana, vio la piel desnuda de una chica, y al acercarse la escena se fue completando. Allí estaban los dos chicos, desnudos, abrazados y dormidos. Espero un rato, para comprobar que ambos pechos se hinchaban por la respiración. El chico estaba de lado, dándole la espalda, la chica estaba más cerca de la ventana, y pudo observar todo su cuerpo, desnudo, joven, pálido. Respiraba lentamente.

Marriet caminaba de vuelta a casa, aturdida y asustada, pero sin poder creer ninguna de las ideas que le pasaban por la cabeza. No había querido intervenir en la conversación de la tienda, no serviría de nada, esa gente opina sin saber, y un altercado con un vecino nunca es algo bueno. Salió de la tienda con sus bolsas y cruzó la calle hasta llegar a la plaza, que atravesó sin levantar la mirada del piso. Llegó a la acera, y se disponía a cruzar de nuevo, ya había adelantado un pie cuando el ruido estridente de una sirena le hizo retroceder. Dos coches patrulla pasaron delante de ella, a toda velocidad y con las sirenas puestas. El corazón le dio un vuelco en ese momento y una de las bolsas se le deslizó de la mano y golpeó el suelo.

“Newday, déjalo. Ya está. Ven rápido, al apeadero de Simms, no tardes” dijo una voz metálica y autoritaria a través del walkie talkie.


martes, 15 de diciembre de 2015

Un eucalipto en la ventana


La lluvia golpeaba los cristales, mansa y rítmicamente, como los zapatos del maestro al recorrer el aula. La ventana se emborronaba, y el alumno apenas podía reconocer la figura de los eucaliptos en el campo, allí afuera. Dentro del aula, la iluminación era gris y opaca, y apenas permitía leer los manuales de historia.

De forma que Jaime el Conquistador, avanzando por la costa mediterránea, hasta llegar a Murcia, parece completar la expansión cristiana, que ya Fernando III de Castilla había extendido hasta la ciudad de Sevilla, e incluso más allá. Pero en Granada resiste el musulmán, ocupando dicha provincia, Málaga y Almería. Impedirá el Reino Nazarí la completa cristianización de la Península hasta siglos más adelante. Dejarán, eso sí, vestigios monumentales que darán cuenta de su desarrollo, así como ilustrarán la medida del valor de los conquistadores españoles, como la Alambrada...

La Alhambra, señor Gutiérrez. Parece que usted no se aplica ni en leer ni en la historia de España. Martínez, continúe. Martínez, estamos esperando. Martínez, no querrá usted que molestemos al señor director por su despiste. Continúe.

El alumno giró la cabeza y se encontró con Martínez, sonrojado, buscando con los ojos el punto de lectura. La lectura continuó. El alumno volvió a mirar a través de la ventana. Los eucaliptos estaban allí, enmascarados por la lluvia, balanceándose y ocultando el campo ancho y llano.


Abrid el libro por la página setenta y siete. Mirad la descripción de la Alhambra. Como veis, Kevin, por favor, es un complejo militar y palaciego. No, Ahmed, no eran ciegos. Tenéis que buscar en vuestros portátiles imágenes de la Alhambra. Cuando las encontréis, buscad aquellas que representen los elementos explicados en la ilustración del libro. Torre de la Vela, Kevin, por favor, murallas, zona militar, habitaciones del palacio. Kevin, no te lo repito. Luego en grupos de tres preparáis una presentación con las imágenes. Como siempre, Kevin, tu no trabajas con Jonathan, ya te lo he dicho mil veces, haz el favor.


Miró de nuevo por la ventana. La lluvia y el viento parecían ensañarse con el eucalipto. Un único solar sin construir sobrevivía entre hileras de unifamiliares y viviendas de protección oficial. Absorto durante un momento, le pareció escuchar de nuevo a Don Evelio bramando. Señor Llorente, si no atiende a la lectura, jamás entenderá el legado Nazarí. No, Alba, no. La Alhambra no tiene nada que ver con el Nazaré de la profesora de religión. Kevin, me vas a obligar a ponerte un parte, para de una vez.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Una noche de Terral


I

El chaval corría bajo la luz de la luna, acompañado por un perro aún cachorro, con unas alpargatas de esparto que amortiguaban las pisadas. Había salido por la azotea de la casa, evitando cualquier ruido, y había recorrido los tejados de las casas de su calle sin realizar el menor ruido. Bajo la luna llena era muy fácil para él, que conocía de memoria cada rincón, cada macetero, cada alcayata del laberinto de azoteas y tejados del pueblo. A sus doce años era hábil, elástico, resistente, pero también era menudo y ligero, y lo más importante, tenía bien enseñado al perro para que no ladrara ni se entretuviese con los gatos ni las sombras que dibujaban techos, chimeneas y demás.



Al final de la calle, bajó del tejado en el que se encontraba apoyándose en la enredadera que trepaba por la pared, saltando a un árbol cercano. Ahora que caminaba por el empedrado, en una noche luminosa como esa, era mucho más visible, y tenía que concentrarse y agacharse al pasar bajo las ventanas, saltar al pasar delante de las puertas abiertas, esquivar a los pocos transeúntes, y convertirse en otra sombra más. Atravesaba las calles del pequeño pueblo en dirección al puerto, y, según se acercaba, se le dibujaba una sonrisa al oír el golpeteo continuo de las olas, el choque de las barcazas entre sí, el graznido de las gaviotas, se animaba con el olor a salitre concentrado en todas y cada una de las paredes, maromas y cadenas que se exponían al embate del mar, que hoy se encontraba tranquilo.

Era una noche calurosa, con viento del interior, seco, que se llevaba el olor a mar del pueblo, que no dejaba dormir y que convertía el aire en una masa inmóvil y pegajosa que se colaba por las ventanas. Las noches de terral, los gallos y las gallinas cacareaban más, los burros rebuznaban y se contestaban de parte a parte del pueblo, desde lo alto hasta el puerto, rambla abajo; los gatos se peleaban y mascullaban bufidos en los rincones más oscuros, y entre todo eso, él se deslizaba sin ser visible.

Llegó al puerto, y de rincón en rincón, siempre buscando las sombras, rodeó la taberna que se apoyaba en una ladera de la rambla, único edificio que aún dejaba escapar luz por las ventanas, y, descolgándose por una maroma, llegó a la embarcación de su tío Pedro, hermano de su madre, una pequeña patera azul en la que solían salir a por calamares y jibias, y se tumbó a observar el cielo, a oír las olas y las gaviotas, a sentir el bamboleo de la barca (la “Carmela del mar”, como la habían bautizado) y el mar bajo su espalda. Al cabo de un rato, se incorporó, escrutando los ruidos, por si se oían los pasos de alguien por el puerto, alguien que le viese trepar por la maroma, atravesar de nuevo la explanada vacía para ganar la espalda de la taberna, trepar por la ladera, él ya sabía cómo, para subir a la azotea, al techo plano del pequeño edificio que cerraba el puerto hacia levante, hacia la ladera más escarpada de la rambla. Allí arriba tenía que extremar el cuidado, pues en la taberna oirían cualquier ruido que hiciera.

El techo plano, a parte de proporcionarle una panorámica del pueblo desparramándose colina abajo hacia el mar, siguiendo el curso de la rambla, le proporcionaba otras vistas más interesantes, ya que a través de dos claraboyas podía observar el interior de la taberna sin ser visto, siempre que fuera capaz de desplazarse sin hacer ruido. Más de una vez creyó ser descubierto y tuvo que huir corriendo sin mirar atrás hasta su calle, trepar al tejado por el árbol y la enredadera, recorrer los tejados casi sin respiración y entrar por la ventana y meterse en la cama, para pasarse la noche rezando para que, al día siguiente, no le recibiesen con un a bronca y una paliza cuando fuese al puerto a echarle una mano a su tío, el pescador de calamares y jibias. Reptando por el tejado, llegó a la primera de las claraboyas y lentamente, sin dejarse llevar por la impaciencia, se asomó.

II

La taberna era bien sencilla, en la fachada, dos ventanas amplias y la puerta centrada, habitualmente un par de mesas con sus sillas se ponían fuera, en la explanada que da al puerto. En el interior, cuatro mesas pequeñas, con sillas desparejadas, y en un lateral una mesa algo mayor, para ocho comensales, pegada a la pared. Enfrentada a la puerta una barra y detrás, unos estantes con las botellas. En la pared de la derecha, un calendario colgado, una foto con la alineación del Madrid que venció al Stade de Reims en el Parque de los Príncipes y un botijo colgado de una alcayata. Muchas noches, alguien sacaba una guitarra y empezaba el jaleo.

Otras noches, tal y como esta misma noche, si estaban Antonio el de la Parra y Juan de la Filo, se retiraba una de las mesas pequeñas y se sentaban en una esquina, justo a la derecha de la puerta, Antonio con la guitarra, abrazada muy cerca del cuello, con los ojos bajos, concentrado, y Juan solemne, en la silla, con las piernas abiertas y siguiendo el compás con la mano izquierda sobre la pierna, y con la palma de la derecha abierta, como explicándose. Juan, el de la Filo, era mayor, rondaba los cincuenta años y siempre vestía la camisa bien abrochada, hasta el cuello por muy raída que estuviera, por muy calurosa que fuera la noche.

Antonio era más joven. Le llamaban el de la Parra por el hospicio en el que se había criado, un hogar de monjas que se había instalado en el Cortijo de la Parra unos años antes, justo después de la Guerra. Nadie decía saber nada de él y nadie preguntaba, él tampoco contaba. A los catorce años dejó la casa de las monjas y empezó a trabajar en la taberna, fregando platos y vasos, hasta que pasó lo del Tabernas, que así era como llamaban al Eugenio, el padre de la Lola y dueño del local, y Néstor, hijo del Eugenio. De aquello había pasado ya mucho tiempo, lo menos quince años, y lo poco que el chico sabía era lo poco que había ido escuchando en conversaciones en voz baja aquí y allá, en la lonja con su tío, después de descargar el pescado, en casa mientras su madre remendaba calcetines y pantalones, cuando venía la vecina, que no paraba de hablar, en la taberna mientras espiaba desde el techo. Que un día no abrieron la taberna, que la gente se asustó y al final, al cabo de la mañana, llamaron al guardia civil, que forzó la cerradura y entró a ver que había pasado. Que Eugenio estaba en el suelo de la taberna, justo delante de la barra, con las tripas abiertas, en un charco de sangre. Que la Lola estaba encerrada en baño, y que no fue capaz de decir palabra en dos semanas, y que cuando lo hizo, nunca dijo nada de lo que pudo ver u oír. Que el Néstor no apareció más por el pueblo. Y que el Antonio ese día había salido al mar, en la barca del hermano de Juan el de la Filo, y que cuando volvió a tierra, le tuvieron que agarrar entre todos los hombres que estaban allí para que no cometiera ninguna locura.

Al chaval le ensimismaba ver como un hombre hecho y derecho, recio, con las manos bien encallecidas, podía ponerse completamente colorao cuando se rompía en mitad de un cante, alargando un quejío, una vocal que sube y baja al compás de la mano izquierda sobre el muslo y siguiendo los arabescos de la mano derecha, que, abierta, parecía explicar de dónde salía ese dolor tan serio, tan conspicuo, tan profundo. A veces, cuando se rompía del tó, Antonio dejaba callar la guitarra y levantaba la cabeza mirando a su compañero, asintiendo rítmicamente, frunciendo el ceño. Y cuando a Juan se el acababa el aire, y eso pasaba pocas veces, y bajaba la mano derecha, dejando la mano izquierda muerta sobre la pierna, con la cabeza gacha, la cara completamente congestionada, se hacía el silencio, y las caras de los habituales era de expectación, con las cejas levantadas, la boca ligeramente abierta y el gesto tenso; entonces, Antonio arrancaba a tocar la guitarra, paseando los dedos por todo el mástil de la guitarra, recorriendo todos los trastes, siguiendo líneas que solo él veía, arrebolando melodías, para terminar cerrando con tres rasgueos profundos y sentenciosos. Siempre alguien soltaba un “¡ole ahí la madre que te parió, Antonio!” mientras los demás vaciaban los chatos de vino.

Algunas noches la cosa duraba más, otras menos, dependiendo de Antonio, de Juan, o de la Dolores, la tabernera, que no dejaba que la llamasen Lola desde que cumplió los veinte años, y que a veces ponía fin a la noche con un “ya está bien, que no son horas, que un día en el pueblo se enfadan, y me queman la taberna por no dejarles dormir, y a ver qué hago yo sola en el mundo sin la taberna”. Lola era medianamente joven, vete tú a saber si de unos veintimuchos o treintaypocos, soltera, y llevaba ella sola la taberna desde que pasaron aquellos quince días de silencio.

Otras noches la cosa terminaba cuando llegaba el guardia civil, con su uniforme y su bigote bien espeso. No es que la única autoridad del pueblo fuese restrictiva con la gente y su diversión (el pueblo era pequeño, no contaba ni con alcalde ni alguacil), simplemente su presencia hacía de disolvente, y terminaba por convencer a la gente de que ya era hora. Siempre entraba y se acodaba en la barra, en una esquina, lejos de la jarana, y bebía una copa de brandy escuchando sin prestar atención el cante de Juan. Cuando terminaba la canción, se incorporaba, a veces ni hablaba, sólo carraspeaba y estiraba las piernas, y los parroquianos apuraban los vasos e iban desfilando por la barra pagando los vinos, y tras despedirse, marchaban despacio y en silencio cada uno a su casa y a sus cosas. Antonio y Juan eran de los primeros en marchar, pues nunca les dejaban pagar y nunca se despedían del guardia civil, apenas le miraban al salir.

III

El chico seguía observando mientras los parroquianos salían de la taberna, apretando el cuerpo al techo, pues ahora corría el riesgo de ser visto desde cualquier punto del pueblo. Pasados unos minutos, Dolores, la Lola, recogía todo aquello y pasaba el trapo por las mesas, organizaba las sillas, y, mientras, el guardia terminaba su copa, “bueno, voy a echar un pitillo” decía él, o alguna frase similar, y salía ladeando la cabeza mientras encendía un cigarro recién liado. Mientras fumaba, el guardia daba siempre un corto paseo, recorriendo cadenciosamente la explanada del puerto y las calles aledañas, como comprobando que todo está en paz, que la gente duerme tranquila, que nadie tiene ningún problema, que nadie observa. Y entonces comenzaba la parte más delicada de la noche para el chaval.

Observaba al guardia en su rutinaria ronda, y como si de una coreografía se tratara, esperaba que se perdiera por una de las calles laterales, para bajar del techo de la taberna, sigilosamente, y correr entre las sombras a esconderse detrás de los toneles abandonados que llevaban años apoyados en la ladera de la rambla, a escasos metros de la taberna. Allí podía permanecer agazapado, acariciando al perro, que había vuelto de vagar por ahí desde que se tumbó en la patera de su tío (una vez lo llevó a la barquichuela, bajando por la maroma con el cachorro, entonces más pequeño, abrazado al pecho, pero al perro no le gustó la sensación de movimiento del mar e intentó huir, cayendo ambos al agua; ese día se montó un buen lío, y al llegar a casa lo recibió la correa del pantalón) esperando y observando. Desde allí podía ver la explanada del puerto, la entrada a la taberna no, le quedaba algo oculta, pero si podía observar la ventana de la habitación de la Dolores, que entraba después de recoger la taberna, y, a media luz y con la ventana abierta, comenzaba a desnudarse.

Era una mujer muy morena, de pelo negro azabache, largo y rizado, de cuerpo contundente pero redondeado, con unos grandes ojos bien negros y bien redondos. Y siempre, o casi siempre, todas las noches, o casi todas las noches, ocurría lo mismo. Cuando estaba a medio desnudar, sólo con la ropa interior, se acercaba a la ventana, sin asomarse y silbaba una cancioncilla. Y desde los toneles, el chaval la podía ver, recogiéndose el pelo y sonriendo al escuchar primero los pasos del guardia por la explanada y luego la puerta abrirse y cerrarse. En un momento, el chaval podía verlos abrazarse, besarse, y luego separarse. Entonces el guardia dejaba la pistola y el tricornio en una cómoda, fuera de la vista del chaval, y comenzaba a desnudarse parsimoniosamente, prenda a prenda, dejándolas con cuidado en una butaca de mimbre. “Hay que ver, parece que estés escribiendo un informe de esos, poniendo una multa o algo, que poco entusiasmo. ¿Qué no te alegras de verme, Lorenzo? ¡Ay ven pa acá, jodío!” y se abalanzaba sobre él. Lorenzo, el guardia, respondía esquivo, “Niña, guarda las composturas, que no me gustas las chorraícas estas”. Cuando se quedaba en calzones, se levantaba y abría los brazos, y ella siempre lo abrazaba y lo arrastraba a la cama.

Muchas veces el chaval se quedaba ahí, concentrado en escucharlo todo, las quejas, los gemidos de ella, los bramidos de él, las frases sueltas después como “el día que esto se sepa, nos la lían en el pueblo” o “este pueblo de mansos no levantan ni un deo contra la autoridad, y si no mira los rojos esos del flamenco, corderitos son”, escondido entre los toneles. Otros días, se acercaba sigilosamente y asomaba, desde lejos la cabeza por la ventana, y miraba. Miraba como retozaban los dos cuerpos sobre la cama, y le gustaba sobre todo cuando era ella la que se ponía encima y ondeaba su cuerpo sobre el de él. Esas veces, cuando ella estaba encima, ella gemía más y el bramaba menos, y además podía ver los pechos moverse, grandes y contundentes al ritmo de las caderas, arriba y abajo, con los oscuros pezones, grandes, subiendo y bajando.

Lo que hacía siempre era bajar la mano hasta la bragueta y acompañar los movimientos del cuerpo de la Dolores con los de su mano, acompañando los gemidos de ella con su propia respiración, esforzándose por ahogar sus propios gemidos. Esta noche se sentía valiente, y había abandonado la seguridad de los toneles para acercarse a la ventana, quería verla mejor. Y la luna llena de verdad hacía que la viese mejor, casi al detalle, mientras bailaba sobre el guardia, en la cama, cerca de la ventana. Los gemidos hoy eran especialmente profundos y sentidos y el muchacho tuvo que esforzarse en contener los suyos, pero algo debió escaparse, algún bufido o resoplido, pues en mitad de los contoneos ella giró la mirada hacia la ventana y vio al chaval, allí, en mitad de la nada, con la mano en la bragueta, a la luz de la luna, petrificado. Ella aminoró la velocidad, y cambió en un instante, una primera expresión de sorpresa por una sonrisa cómplice, cada vez más abierta, mientras poco a poco recuperaba el ritmo de bamboleo, siempre sin dejar de mirar al chaval.

IV

El hechizo se rompió con el bramido de Lorenzo, “¿qué pasa? ¿qué miras tanto por la ventana? ¿hay alguien ahí?”. Al escuchar la voz gutural del guardia, la Dolores cambió el gesto y volvió la mirada hacia el mostacho que ahora intentaba incorporarse. “No, na, que la luna está muy bonita hoy, to llena”. El chaval no supo reaccionar, se sentía petrificado, y se mantuvo allí, mirando por la ventana, hechizado por el movimiento rítmico del cuerpo de la mujer.

Pero en apenas un momento, un momento que al chico le pareció una eternidad, el hechizo se rompió. Un destello, un fogonazo descompuso la noche y la escena. Y al momento, casi instantáneo, un ruido como un trueno de tormenta seca retumbó en los oídos del chico. Giró la cabeza hacia la puerta de la taberna, hacia la plaza que se abría al puerto. Otro relámpago y otro trueno volvieron a romper la noche. El Antonio había vuelto, y ahora atravesaba el puerto, llegando hasta la puerta de la taberna, pero esta vez, en lugar de guitarra traía una escopeta de dos cañones, humeante por los disparos al cielo recién disparados, y abierta mientras recargaba dos nuevos cartuchos. El chico veía su cara, iluminada por la luna, seria, dura, sin ningún gesto, mientras se acercaba a la puerta y la abría de una patada.

La acción se desarrolló delante de él como en un sueño, los segundos duraron eternidades, y todo parecía envuelto en un aura de irrealidad, como en un sueño. El guardia civil empujó a la Dolores de la cama al suelo y se levantó, desnudo, acercándose a la cómoda, buscando la pistola que había dejado allí minutos antes. La Dolores se levantó del suelo, gritando, tropezando en el remolino de las sábanas revueltas, lanzando los brazos hacia el Lorenzo. En ese momento, la puerta de la habitación giró violentamente, golpeando al guardia en la cara, al tiempo que el Antonio aparecía con la escopeta encañonada y la misma cara sin expresión. Otro trueno y otro relámpago y el Lorenzo desapareció del campo visual que la ventana ofrecía al chico. Ahora la Dolores, la Lola, estaba de pie, gritando y alargando los brazos hacia el Antonio. Otro trueno y otro relámpago, y el cuerpo de la mujer giró como golpeado por un brutal puño invisible, quedando doblado sobre el marco de la ventana, con la cabeza y los brazos hacia fuera y los rizos negros azabache tapando el rostro. Antonio bajó el rifle, de nuevo humeante, y quedó quieto contemplando el cuerpo de la mujer. Parecía absorto, y no vio lo que el chico sí vio. Que un brazo fuerte y velludo se apoyaba en la cama, que un cuerpo desnudo de varón se incorporaba lo justo para levantar otro brazo que se prolongaba con el corto cañón de una pistola reglamentaria y le apuntaba. Un tercer trueno, más ligero, más un silbido esta vez que una explosión, y de la cara de Antonio comenzó a brotar un chorro de sangre, antes de que los dos cuerpos se desplomaran.

El chico seguía petrificado, pues todo ésto apenas duró unos segundos. De repente, la el cuerpo vencido sobre la ventana se incorporó, los rizos se hicieron a un lado, y la cara de la Dolores apareció entre ellos, mirando fijamente al chico. Estiró un brazo hacia él y gritó “¡Néstor! ¡No! ¡Corre!” y se venció de nuevo.

Y el chico tan solo pudo obedecer esa orden, “¡Corre!”. Sin mirar atrás, sin fijarse esta vez en las ventanas, en la gente que se asomaba, en las palabras que se cruzaban de casa en casa, corrió. Trepó de nuevo por la enredadera, subió a las azoteas, y deshizo el camino que esa misma noche, apenas un par de horas antes había recorrido en dirección contraria. La luz de la luna seguía siendo esplendorosa, el terral seguía convirtiendo el aire sobre el pueblo en una masa inmóvil y pegajosa, pero ahora ya no se escuchaban las gallinas cacareando ni los burros rebuznando y contestándose. Tampoco escuchaba el chico el creciente rumor de la gente saliendo de sus casas, con las batas cerrándose sobre los cuerpos, y que recorrían las calles hacia el puerto, hacia la taberna, para enterarse qué estaba pasando, a qué esos ruidos, esos disparos. Llego el chico a su terraza y vio las luces de la casa encendidas, a sus padres moverse nerviosos, buscando algo de ropa para taparse, y salir asustados a la calle, donde la vecina esperaba ya asustada y gritando. Él se encogió en el rincón que usaba de escondite, dónde permanecía oculto a cualquiera que mirara desde las ventanas de la casa, esperando el momento para volver a entrar, llegar a su habitación, hacerse el dormido, mientras enterraba en su memoria las imágenes de aquella noche. Tan solo unos momentos después, mientras permanecía allí encogido, llegó el perro, asustado y gimoteando, y allí esperaron los dos.

domingo, 18 de octubre de 2015

FICCIÓN

Horquillas. Tus horquillas.

Las he llevado en el bolsillo del pantalón a diario durante unos años. Las he buscado en cada clase, cada vez que he tenido que improvisar un ejercicio, resolver una pregunta que no esperaba, enfrentarme a alumnos disruptivos e incluso violentos. Antes de entrar en el despacho del jefe de estudios a quejarme, a pedir, a consultar o a disculparme, siempre he comprobado que la horquilla estaba allí. Algunos alumnos se dieron cuenta y me preguntaron, incluso algunos compañeros. Cada mañana, antes de salir de casa, las llaves, dinero, la cartera, las llaves del coche y la horquilla, cada cosa en su bolsillo. Así durante tres cursos y medio, hasta que al final perdí la última que me quedaba (tendré que buscar en las cajas de las mudanzas, seguro que encuentro más).

Y en las cajas de las mudanzas, junto a las horquillas, los teléfonos antiguos.

No puedo reconstruir cada día que pasamos juntos, no puedo recordar cada llamada ni cada conversación, pero sí he podido leer cada mensaje que nos mandamos durante ocho meses. Fue un ejercicio extraño leer los mensajes, ya que el móvil, aquel de prepago que compramos (cada uno el suyo) y que unimos con las tarifas de número preferente, guarda los mensajes por separado, enviados por un lado, recibidos por otro, y para mayor complejidad, los guarda de forma cronológica inversa. Los últimos, al principio, los primeros, al final. Y así los leí, comenzando por el último mensaje que te envié, en el que te mandaba un último beso, te deseaba buenas noches, y te emplazaba a contar conmigo cuando lo creyeras conveniente, y que supongo no tuvo respuesta.


Y así, durante una tarde, fui remontando en el tiempo, mensaje a mensaje, hasta el momento en el que cada día, a las siete y media de la mañana, antes de ir al instituto te buscaba una frase (algunas mías, otras buscadas) para darte los buenos días; también a las once, en el recreo, te resumía como se planteaba el día, y por la noche te daba las buenas noches. Me aburrí de leerlos. Me aburrí (en realidad no) de volver a abrirte los ojos cada día, me aburrí de hacerte partícipe de las lluvias, de las tormentas, de las broncas, me aburrí de volver a cerrarte los ojos cada día.

Luego leí tus mensajes, del más reciente al primero. Y leí que no querías seguir hablando más conmigo, también que era la mejor persona que habías conocido, te leí sorprenderte de que fuera tan bueno (y creí entender que te referías a tan inocente). Unos mensajes más adelante (o más atrás) te dormías abrazándome, te despertabas antes que yo (recordé la sensación de despertarme siempre veinte minutos antes de sonar el despertador, para leer tu mensaje de las seis y media) comías con tus compañeras, y los "luego te llamo, que he llegado a casa" de las ocho de la tarde. Ah, y me querías, durante unos mensajes, durante un tiempo, siempre me querías, y me lo decías más de lo que yo recordaba, y lo volví a leer, lo volví a recordar. Los siguientes mensajes, los anteriores, siempre decían que tenías que contarme cosas, siempre me contabas tantas cosas, siempre había más cosas que contar. Llegué a los mensajes posteriores a tu visita a Málaga, y volví a derretirme contigo recordándome cómo nos habíamos derretido juntos. Vi de nuevo tu tatuaje, el de la espalda, y tu ombligo, y tu pecho, y las fotos que me enviabas, para recordarme lo que yo volvía a recordar al ver tus mensajes. Y al final llegué al primero, "Cu cú", un mensaje tan sencillo que no presagiaba nada, pero que al leerlo después de todos los demás, esas cuatro lettras y ese espacio, esa tilde, dejaron caer sobre mi todo lo sentido, dicho y leído, compartido, esperado y recibido durante ocho meses, de golpe, como en una catarata emocional.

Tardé en recomponerme. Miento, no me he recompuesto y no lo haré nunca, pero eso es lo normal, lo que le pasa a todo el mundo. Uno no se recompone de estas cosas, simplemente, encuentra la manera de ir tirando, de ir acumulando otras cosas encima, y de intentar que las horquillas perdidas vuelvan a perderse en las mismas cajas de mudanza. Y, eso, que no me he recompuesto. He intentado ponerte cosas encima. Cosas y personas, claro. He encontrado otras horquillas, y otras prendas abandonadas en mi casa, he mandado otros mensajes, he recibido otros. He creado otras complicidades, otras costumbres, otras necesidades. 

Pero al cabo de los años, me doy cuenta de que, de una manera o de otra, siempre termino igual.

Contándotelo.

En voz baja, o en voz alta en la ducha, a solas, mientras escucho música, mientras leo, mientras paseo. Mientras voy conociendo a otras personas, mientras hablo con ellas, te lo voy contado todo. Te he guardado un huequecito en el fondo del cerebro, justo donde lo consciente y lo inconsciente se tocan, y allí está tu cara, escondida, asintiendo, a veces dudando de lo que te cuento, a veces con esa mirada con la que conseguías hacerme ver que ni yo me creía del todo lo que te estaba contando. Y he llegado a sentirme culpable, imagina, de pensar en alguien mientras estaba con otra persona; pero lo peor es sentirse doblemente traidor, ya que estaba con otras, pero seguía pensando en ti.

Supongo que algún día, con ayuda o sin ella, seré capaz de vivir sin necesitar elaborar la ficción de tu presencia. Ya veremos qué me invento entonces.