lunes, 16 de junio de 2014

Perdí la voz - (Death and the Maiden - Clogs)

Perdí la voz,
antes del verano,
Punta Entinas
antes del anterior verano,
en las ruinas, en las piedras
amontonadas, derrumbadas,
y erosionadas; en la playa,
entre la arena y las dunas,
los lentiscos y las entinas;
en las líneas,
las intersecciones,
en los cruces.

Perdí la voz,
a gritos, a golpes,
en silencios alternos,
en el camino entrecruzado
de ideas abstractas
que no llevan a ningún destino.

Perdí la voz,
y ahora hablo el idioma común,
de los telediarios.

Perdí la voz,
durante las noches de mal sueño,
noches de techo raso,
de dobles lunas
en el cielo.


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jueves, 2 de enero de 2014

Wilderness (2001)

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I

Sigo pensando en ti;
a través de las hojas
en los árboles,
acompañando el balanceo
suave y rítmico, viene,
de las ramas,
tu recuerdo.
Sumergido en el torrente
entre las piedras,
granítico como ellas,
hendido, erosionado, como ellas;
simple como un helecho,
frío como el viento en el valle.


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 II

Como quien tropieza con una palabra,
y cae de su pensamiento
a un río de sentimientos,
abriendo una brecha de la que manan
las ideas desechadas, las palabras
no dichas y las lágrimas
no vertidas, los silencios.

Como quien tropieza con una melodía,
y olvida la monotonía desacorde
del claxon, de las voces
confundidas; para tan solo
percibir ese ritmo, esa
armonía, separada
de la escena, como una isla
a la deriva.

Como quien se arrastra,
entre sus propias perversiones, sus vergüenzas,
y sus privadas miserias, ahogado
en torrentes de culpabilidades y reproches;
como quien huye de su yo oscuro.

Como quien, penitente, se lacera
la espalda de la conciencia con el látigo;
como quien golpea con el puño la pared,
como quien tropieza
en sus propias trampas,
como quien llora ciego
la impotencia;
sigo encontrándote
en cada árbol,
en cada piedra, en cada sombra.

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III

Siento tu recuerdo,
duro, como la tierra que golpea
mis pies a cada paso; frío,
como el viento que me arrecia
al caer la tarde.

Continuo y arrogante,
como el rumor del agua
que me desvela, de madrugada,
tu recuerdo ocupa ese vacío,
hostil.

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IV

Envidio a los helechos,
que simples ordenados,
son solo agua y luz,
primitivos en sus triángulos
y en su debilidad.

Fotografías: Querol/Teixidor.
Alpes Bávaros





martes, 31 de diciembre de 2013

Sin título (Cáceres, 2002)

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I

Girona
Y bajaré por las calles,
pasearé avenidas y observaré
fluir de gentes sin cara.
Miraré los balcones,
curiosearé las ventanas,
saldré de los bares,
solo en la madrugada.

Caminaré mirando las cúpulas,
los techos y las veletas.
Oiré a las cigüeñas.
Recorreré cadavéricas calles,
tristes rincones y desesperados parques.
Me mirarán las piedras que te vieron,
me saludará el empedrado
que fue tu suelo.

Te recordaré en cada terraza,
como en aquella en la que,
cada mañana,
te enseñabas
con un café,
poca ropa,
y una sonrisa.

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II

Alguien me preguntará
qué fue de ti.
Y trendré que decir
que no volverás,
que dejaste las cigüeñas
y nuestro hachís
en la mesilla que no llegamos a compartir.

Y yo sólo conservo
una botella de pastis.
(y tus ojos en cada
piedra de la muralla,
y tu risa en cada adarve,
y tu cuerpo, a contraluz,
bajo cada arco)

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III

Café solo, sin azúcar,
ese agua caliente y sucia
que no sabía a nada.

Taboulé,
pasta hervida,
naranjas exprimidas,

De vez en cuando
no comías nada.
De vez en cuando,
no bebías nada.

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IV

Eran grises esos días,
cuando te encontraba,
en casa sola, llorando junto a la ventana,
eran oscuros esos momentos
para mi,
sin saber qué decir.

martes, 1 de octubre de 2013

¿Y qué se supone que debería haber hecho?

¿Mantenerme alejado?
¿Seguir ocultándome,
silencioso,
en la invisibilidad gris
del compañero que no se pronuncia?
¿Pasar desapercibido,
aún más,
cada día, cada hora,
en la sala de profesores?
¿Ocultarme en mi departamento,
ajeno al entrar y salir
de compañeros?
¿Desviar la mirada,
sentarme lejos,
no pedirme otro café,
no preguntar por tal o cual alumno compartido?









¿O acaso todo lo contrario?

¿Mantener un segundo más
mis ojos sobre los tuyos?
¿Mezclar mis apuntes,
mis mapas y exámenes
con tus redacciones?
¿Coincidir en los grupos de trabajo,
en la biblioteca,
en esos interminables cursos
de formación permanente?



Dime,
dime qué debería haber hecho,
evalúame,
corrígeme,
refuerza mis esfuerzos,
y dime si hice algo bien,
algo mal,
si hice demasiado
o si no hice nada,
casi nada.

miércoles, 5 de junio de 2013

(sin título)















Lo peor de todo
es levantarme aterrorizado
al darme cuenta
de que tu ausencia,
tu cuerpo en negativo,
-tuyo, que fuiste la última
y de todas las que vinieron antes-
ese hueco,
se va solidificando,
endureciendo,
se va enfriando
y le va saliendo costra.



martes, 15 de enero de 2013

La Vejez

Que si las entradas, que si las canas, que si el cansancio, que si la vejez...
¡La vejez! ¡Ah, la vejez, que buena y recurrente excusa!
¡Con lo joven que he sido yo siempre!

miércoles, 3 de octubre de 2012

Manhattan


Uno escucha a Coltrane, a Davis, a Ellington o a Parker, y después busca fotos de esa Nueva York, ya desaparecida, de los años 50, antes de la gentrificación, antes del desmesurado crecimiento, antes de la especulación inmobiliaria, cuando los barrios tenían su sentido y razón de ser, su personalidad.

Uno lee a Henry Miller, y desea malvivir en un apartamento en esos edificios de ladrillo rojo visto, a los que se accede por la escalera frontal, que los eleva y deja sitio en el bajo para las barberías, tabernas, cervecerías, billares y restaurantes italianos, siempre con sus salas ocultas en el interior, reservadas, donde los hombres juegan a cartas y piden martinis mientras hablan de boxeo.

Uno espera mirar por la ventana y ver como los taxis amarillos nadan en el tráfico en el que el resto de los coches se ahogan, ver ese carrito de helados o perritos calientes en la esquina, y, al fondo, por encima de los edificios cercanos, imponente, el puente de Brooklyn.

Uno mira por la ventana y espera ver más ventanas, y a través de ellas, ver a la gente mientras viven y sobreviven otra de las tópicas olas de calor, propias del clima chino, que asolan la ciudad cada verano; gente en camisetas interiores de tirantes, gente junto a ventiladores o abriendo constantemente la nevera, aquellas neveras antiguas, bebiendo limonada o te helado.

Y uno sueña con bajar con el cesto de la ropa a la lavandería y accionar a base de monedas de níquel las lavadoras y secadoras, y esperar leyendo un semanario  deportivo que nos cuenta el partido de los Dodgers de Brooklyn, y sueña con que, al recoger la ropa, encontramos una pieza extraña, y que antes de salir de la lavandería, una joven italo-portorriqueña, con ojos lituanos, te aborde y tímidamente, en un inglés tamizado de acentos imposibles, se disculpe y la recoja.



Y al volver al apartamento, uno se ve y se imagina con una de esas camisetas de tirantes, sentado frente a un viejo escritorio, lleno de folios escritos por una cara, con una estilográfica, escribiendo un pasado, un paisaje y un presente para esos ojos lituanos de la chica italo-portorriqueña, mientras de un giradiscos brota una improvisación al saxo tenor de Coltrane.