jueves, 8 de diciembre de 2016

De la vida un relato - Milonga del Solitario (ficción)

 

 Decía Kundera, no recuerdo en qué libro (y si no lo decía, en realidad no me importa) que crear un personaje no se acababa en crear sus características, si no que de cada personaje hay que descubrir ese 'algo' que lo hace único -ese problema, ese motor, ese reto, ese trauma- que permite articular un relato a su alrededor, para, a partir de los relatos de los diferentes personajes y sus conflictos, elaborar la novela.


 A base de escuchar a mi padre durante años, especialmente durante mi adolescencia (es decir, mientras él pasó de los cuarenta a los cincuenta) poco a poco fui interiorizando parte de su motor, y éste no era otro que la reacción contra su padre y aquello que su padre simbolizaba. Ingeniero brillante y joven, mi abuelo se incorporó voluntario a las líneas del ejército sublevado en el treinta y seis, y debió hacerlo bien y satisfacer a las altas esferas, pues tras el conflicto pasó a ocupar puestos como alto cargo dentro de algunos ministerios. Mi abuela, ajena a la nomenclatura y traduciendo directamente del catalán, siempre nos decía que llegó a llevar personalmente 'todo lo del aceite' y que llegó a ser invitado a cenar en El Pardo. 

   Ésto se tradujo en viviendas en el barrio de Salamanca en Madrid, colegio privado de élite para mi padre -no, el Pilar no, el de al lado- y hasta coche oficial. Carrera de Económicas y puestecito de alumno-colaborador (una especie de becario de la época) con catedrático apadrinando incluido. Y creo, repito que todo esto lo elaboro con la información recogida como adolescente, que a partir de ahí comenzó la reacción contra toda esa estructura. Mi padre sacó un venilla contestataria que le llevó a acercarse a grupitos universitarios un poquito disidentes (pero no mucho, ojo) y pronto comenzaron discusiones y enfrentamientos. Lo único claro es que en poco tiempo, mi padre comenzó a construir su identidad en esa reacción, y así dejó el trabajo que le había proporcionado mi abuelo y comenzó con otra labor (aquí me faltan datos) que le llevó a recorrer Galicia y Asturias, a tener habitación en varias pensiones repartidas desde Orense a Oviedo, y a acumular anécdotas que me contaba cuando íbamos andando juntos, solos, camino del club de ajedrez, o conduciendo de vuelta de un viaje de vuelta de Elvas, nunca en presencia de nadie más de la familia. Supongo que es mucho suponer que esas confidencias eran exclusivas, es decir, que mi madre no supiera de los amigos con los que bebía whisky en la pensión de Oviedo jugando al póker o al mus. 


   Pero siempre me ha quedado claro, no sé exactamente la razón, que allí había algo de reacción, de oposición, de orgullo incluso a la hora de rechazar las opciones que seguro que le ofrecía mi abuelo. A partir de ahí, varios años viviendo en Vigo, un Vigo de los setenta, con carreteras y viviendas de los setenta, es decir, con ratones y goteras, a un día de camino de la familia, conduciendo un ciento veintisiete gris, ya casado y comenzando a construir una familia. Y de ahí a funcionario, por oposición, y a vivir en un piso compartido con familia de mi madre -su hermana y su madre- en tres habitaciones, abriendo el sofá cama cada noche y recogiéndolo cada mañana. En las visitas a los abuelos paternos en Capitán Haya, junto al Bernabéu y al Meliá Castilla, detecté (o creí detectar) las chispas que brotaban por la fricción. En breve todo se cambió por un puesto de funcionario de provincias, en Mérida, con vivienda de protección oficial (y sueldo congelado durante años, claro) y un Seat Málaga para ir tirando. 

  Algo alejado de las expectativas creadas en torno al niño que iba en coche oficial al colegio, especialmente si se establecía la comparación con la otra hija del ingeniero, casada con un empresario del mundo de la publicidad, colaborador de universidades y con chalet en la carretera de la Coruña.

   Pero ahí estaba el motor, en la construcción del relato de una vida, de una familia en torno a una reacción. Ahí, y en el ajedrez, en la guitarra y las canciones de Atahualpa Yupanqui, en no querer medrar más allá, en evitar aspiraciones, en llevarse mejor con los auxiliares que con los jefes, en albergar un espíritu de outsider, pero aún así, en una vida vivida dentro de los esquemas de un punto de vista burgués. Ya que pese a toda su reacción, mi padre era algo muy cercano a la definición de un burgués. 

   ¿Y a qué viene que ahora me haya puesto a relatar todo esto sobre mi padre? pues a que volviendo a casa después de pasar el día con amigos y compañeros, he vuelto a tener ganas de fumar. Sí, mientras atravesaba la plaza del Teatro Villamarta, mientras llegaba a la Calle Larga y avanzaba por Santo Domingo hasta mi casa, he estado recordando lo que me gustaba a mí un cigarro. Chester, a ser posible, pero también aquel tabaco holandés de liar que me compraba -antes de que todo el mundo fumara tabaco de liar- en un estanco que encontré en Cáceres y que traía una amplia variedad de tabacos de importación. Y el Camel sin boquilla, ojo, copiado de alguna película americana. Por el camino pensé que nadie se enteraría si ahora, antes de entrar en el portal, entrara en el bar y sacara un paquete de Chesterfield, y ya en casa, descalzo, intentará fumar un cigarro. Digo intentara, por que después de nueve años sin fumar, dudo que me fuera posible darle más de dos caladas seguidas.

   Y claro, uno piensa en fumar, fantasea con fumar, recuerda el placer de fumar, y se acuerda de qué tuvo que pasar para que dejara de fumar. Neumonía con infección del líquido pleural, con herida en la pleura y vertido del líquido infectado en el pulmón a los treinta años. Y en ese momento recuerda uno que esta misma mañana he llevado un paquetito de té verde con menta al instituto para sustituir el café descafeinado de la máquina, que no debe ser nada bueno. Desde hace casi dos años no tomo cafeína, y uno se acuerda de aquellas primeras cafeteras exprés domésticas que llegaron a España, y que obviamente conseguí como regalo de cumpleaños (o de reyes, no recuerdo) mientras aún era universitario; de los días perdidos con algún compañero de la facultad recorriendo las cafeterías de Cáceres probando los cafés (él pedía café solo sin azúcar, decía que sólo así se podía reconocer la calidad del café, yo lo pedía cortado con una mínima nube de leche) en busca del mejor café de Cáceres (ganó el Oquendo, muy ajustado con el Parador); y de nuevo se tiene uno que centrar en recordar qué pudo ocurrir para que dejara el café. Posible accidente isquémico transitorio, con pérdida de visión en el ojo izquierdo, mareos y pérdida de funcionalidad en el hemicuerpo izquierdo durante una clase con alumnos de doce años (después resultó ser producto de una migraña con aura, término aún por descifrar). Y claro, uno sigue y recuerda que el último whisky bueno se lo tomó hace casi dos o tres años (un Lagavulin de 16 años, con ese toquecillo ahumado), y termina con la pregunta clave: ¿Cómo le podría explicar mi yo de casi cuarenta años a mi yo de veintipocos todos estos cambios, todas estas cesiones? ¿Cómo decirle a aquel joven que aquello que en su momento decidió adoptar como elementos definitorios han sido dejados atrás? y el siguiente paso ¿eran de verdad aquellos elementos los que creaban mi definición como personaje?

   La respuesta es fácil, ni el tabaco ni el whisky ni el café eran elementos definitorios, claro. Eran elementos decorativos, es decir, superficiales y estéticos. Comencé a fumar con catorce o quince años, y desde el primer día mi padre me dejó fumar con él, es más, me compraba el tabaco la mitad de las veces. Comencé a beber más o menos a la misma edad, y desde el primer momento mi padre me ponía medio vaso de cerveza con la comida, allí, con mi madre y la familia. Ya a partir de los dieciséis, decidió que si iba a beber por ahí con mis amigos, mejor iba a ser enseñarme a beber, a probar lo bueno de una buena bebida, bien disfrutada y elegida, y lo malo de una mala bebida, mal elegida y bebida sin cuidado. Me regalaba botellas de whisky y bourbon en mis cumpleaños y santos, en Navidad y cuando en Junio aprobaba mis asignaturas. Me enseñó también a distinguir cafés y a elegir aquellos que realmente me gustaban, a prepararlos en casa, a buscar las cafeterías y elegirlas según cómo lo servían. En realidad mi padre hizo esto con muchas otras cuestiones, como música, libros, películas, y yo durante la fase en la que uno aún admira a su padre y no todavía no quiere destronarlo, asumí todas estas cuestiones como propias. Pero insisto, no son el centro, el motor, son aunque importantes, accesorias.

   Entonces ¿cuándo o cómo surge esa cuestión central que nos define como personajes? No lo sé, pero si sé algún momento en el que se pudo ir perfilando. Por ejemplo, al elegir carrera y decantarme por la Historia del Arte, un paso más allá de la Historia o el Derecho, más conservadores, que me insistía mi padre (siempre he sido consciente de que mi padre, pese a todo, estaba encantado con la elección, que hasta casi sentía una cierta envidia al verme hacer algo que él mismo querría haber hecho, pero que no se atrevió). Otro momento importante fue cuando mi padre, al recuperar la consciencia tras un accidente isquémico, un infarto cerebral importante, no me reconoció al pie de la cama en el hospital.

   Sería fácil elaborar un relato sobre mi vida a partir de aquel momento en torno a la idea de 'reacción' tal y como lo he hecho sobre mi padre, pero no sería cierto. Yo no reaccioné contra mi padre, no pude, no tuve ocasión. Mi padre, tal y como era en su madurez, desapareció antes de que yo pudiera enfrentarme a él, antes de que tuviera ganas de derrocarle y obedecer al freudiano deseo de matar al padre. En su lugar tuve que cuidar (y enfrentarme) a un niño caprichoso y envidioso encerrado en el cuerpo avejentado de mi padre. Me costó años, pero conseguí darme cuenta de que ese niño también era mi padre, también me quería, y sobre todo, me necesitaba mucho más que antes. Tal vez me di cuenta demasiado tarde.

   Los siguientes años tuvieron varios elementos en común, el eterno movimiento, que me ha llevado a vivir en siete comunidades autónomas diferentes; el forzarme a intentar ir un pasó más allá, aceptando trabajos y proyectos que requerían un cierto valor y arrojo; el obligarme a no conformarme cada vez que me sentía confortable en una relación. Algo más tarde, tras la muerte de mi padre, todo se ralentizó bastante, es cierto, pero la falta de velocidad no creo que implicara falta de movimiento. 

   Y después de mi ruptura, tras unos cuatro o cinco años en la misma ciudad (por primera vez desde la adolescencia, por última vez hasta el presente) volvió el movimiento y volvió la velocidad, tanto en lo geográfico como en lo emocional.

   Entonces se podría decir que es ese 'movimiento' el elemento central que Kundera buscaría en mí.

   Yo no lo creo. Hoy, mientras volvía andando a casa con ganas de fumar, mientras pensaba en qué contarle a ese yo de veintipocos para explicarle que me estoy haciendo viejo (es eso lo que pasa, lo sé) y mientras pensaba en mi padre y me comparaba con él; al final, al abrir la puerta y encontrarme con las cajas de la última mudanza (que aún no he vaciado y colocado después de casi cuatro meses) me vino una idea a la cabeza. Lo que te mueve es concebir la vida como un relato, y en los relatos, la acción es continua, si bien puede acelerarse o suspenderse brevemente, siempre avanza. Sin acción, un relato es una descripción, una foto, una naturaleza muerta. Concebir la vida propia como un relato, obliga, entonces, a llenarla de contenido; obliga a introducir nuevos personajes, nuevos conflictos; obliga a no poder decir "aquí paro, ya he llegado", si no a necesitar nuevos escenarios, nuevos capítulos, nuevos desenlaces.

   Y los relatos sólo existen para ser contados. Concebir la vida como relato obliga a introducir la estética en la acción, de forma que cuando se narre, sea atractiva para alguien, al menos para uno mismo.

   Y es probable que esa concepción de lo hecho y vivido como algo digno de ser narrado, es decir esa obligación de hacer que el relato propio se llene de contenidos, sea también algo heredado de mi padre.

   Y si esto es así, ¿qué le cuento entonces al yo joven que me mira con el cigarro encendido, sentado sobre una mochila en una estación de tren de vete tú a saber dónde, esperando el tren que enlace con vete tú a saber que otra ciudad? Que este viejo de cuarenta años tiene miedo a quedarse sin relato, sin historia, a no saber seguir llenando de acción y contenido la única narración que realmente le merece la pena contar. 

   Miedo a quedarse al margen, en el arcén.
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(Todo esto es ficción - bueno, no todo, pero mucho más de lo que pensareis)

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