miércoles, 3 de octubre de 2012

Manhattan


Uno escucha a Coltrane, a Davis, a Ellington o a Parker, y después busca fotos de esa Nueva York, ya desaparecida, de los años 50, antes de la gentrificación, antes del desmesurado crecimiento, antes de la especulación inmobiliaria, cuando los barrios tenían su sentido y razón de ser, su personalidad.

Uno lee a Henry Miller, y desea malvivir en un apartamento en esos edificios de ladrillo rojo visto, a los que se accede por la escalera frontal, que los eleva y deja sitio en el bajo para las barberías, tabernas, cervecerías, billares y restaurantes italianos, siempre con sus salas ocultas en el interior, reservadas, donde los hombres juegan a cartas y piden martinis mientras hablan de boxeo.

Uno espera mirar por la ventana y ver como los taxis amarillos nadan en el tráfico en el que el resto de los coches se ahogan, ver ese carrito de helados o perritos calientes en la esquina, y, al fondo, por encima de los edificios cercanos, imponente, el puente de Brooklyn.

Uno mira por la ventana y espera ver más ventanas, y a través de ellas, ver a la gente mientras viven y sobreviven otra de las tópicas olas de calor, propias del clima chino, que asolan la ciudad cada verano; gente en camisetas interiores de tirantes, gente junto a ventiladores o abriendo constantemente la nevera, aquellas neveras antiguas, bebiendo limonada o te helado.

Y uno sueña con bajar con el cesto de la ropa a la lavandería y accionar a base de monedas de níquel las lavadoras y secadoras, y esperar leyendo un semanario  deportivo que nos cuenta el partido de los Dodgers de Brooklyn, y sueña con que, al recoger la ropa, encontramos una pieza extraña, y que antes de salir de la lavandería, una joven italo-portorriqueña, con ojos lituanos, te aborde y tímidamente, en un inglés tamizado de acentos imposibles, se disculpe y la recoja.



Y al volver al apartamento, uno se ve y se imagina con una de esas camisetas de tirantes, sentado frente a un viejo escritorio, lleno de folios escritos por una cara, con una estilográfica, escribiendo un pasado, un paisaje y un presente para esos ojos lituanos de la chica italo-portorriqueña, mientras de un giradiscos brota una improvisación al saxo tenor de Coltrane.

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